Déjate dirigir por Roger Bernat. Dirección: Roger Bernat. Intérpretes: una treintena de personas voluntariosas. Lugar y fecha: Teatro Gayarre. 21/05/11.

La consagración va por dentro

A escasos metros de un grupo de personas que pretendía demostrar que la política no es nada sin los ciudadanos, el Gayarre acogía un interesante experimento destinado a evidenciar que el teatro, la danza, las artes escénicas y las artes en general, no son nada sin el público.

La exhortación al espectador para que complete la obra de arte es vieja como las vanguardias, si no más, pero pocas veces se lleva a extremos tales como en las propuestas de Roger Bernat. En esta Consagración de la primavera, anunciada de manera inequívoca como Déjate dirigir por Roger Bernat, el público (ochenta personas como máximo, una treintena en la función a la que este crítico asistió) es apartado del cómodo camino al patio de butacas y dirigido al negro escenario, oscura boca del lobo donde sentirá el nerviosismo inherente a ser el responsable, por esta vez, de la función o de la parte que le toque desarrollar en ella. Una sensación exclusiva de los artistas, junto con su contrapunto de satisfacción por el trabajo culminado cuando cae el telón, y que esta vez el público puede experimentar en propia alma.

Porque esta es una danza sin danzantes, o, por mejor decir, es en realidad una danza sin público. Cuando éste accede al escenario recibe unos auriculares inalámbricos, sintonizados en uno de los tres canales en los que se ha dividido el audio. A través de ellos escucha la música de La consagración de la primavera y las pertinentes instrucciones para convertirse él mismo, por una vez, en el ejecutor de la danza.

Una danza sin danzantes, un público que no es un público, un espectáculo que no es en realidad un espectáculo, porque no hay nadie que lo mire (spectare): la esencia es tomar parte. Decía el propio Bernat en una entrevista publicada el otro día en este periódico que el espectáculo (por llamarlo de un modo convencional) “tiene algo de tocahuevos para los críticos; no les da espacio para desarrollar su labor, que es quedarse a un lado, coger distancia y juzgar lo que tienen delante. Esto suele provocar que el crítico se sienta sacudido y se quede a un lado sin atreverse a seguir las pistas que se dan”. No concibo que pueda juzgarse este acto escénico sin participar de él con todas las consecuencias.

¿Qué puede verse desde fuera? Resulta interesante, desde luego, observar después La consagración de la primavera de Pina Bausch y reconocer los pasos que, más o menos torpemente, cada uno ha dado sobre el escenario. Pero, muy por encima de eso, de lo que se trata es de haber experimentado la sensación de participar en algo mayor que uno mismo. Una especie de rito, como la propia Consagración, o de juego si se quiere, pero que infunde una serie de conocimientos que la mera contemplación pasiva no transmite. Posiblemente, La consagración de la primavera de la que se ha participado no sea la mejor que haya pisado un escenario, pero será la propia.