El lunes 2 de noviembre, Día de Difuntos, a las 8 de la tarde y con enntrada libre, siguiendo la tradición, el escenario del Teatro Gayarre va a acoger la puesta en escena de un don Juan Tenorio, en esta ocasión el montaje de la compañía Pelmánec DON JUAN, memoria amarga de mí, versión firmada por Miquel Gallardo y Paco Bernal basada en textos de Tirso de Molina, Zorrilla, Moliére y Palau i Fabre, en la el actor y manipulador Miquel Gallardo y tres títeres de tamaño natural se enfrentan a este mito universal de la literatura española.

El donjuanismo es uno de los pocos mitos universales españoles, junto con el quijotismo, y está unido desde el pasado siglo a la fecha de difuntos, siendo ésta la única obra española de teatro que durante décadas se ha representado todos los años y en fecha fija.

Tradicionalmente se ha representado a este personaje bajo diferentes ópticas pero con un denominador común: el de un condenado a morir joven debido a su carácter antisocial que lo lleva a transgredir todas las normas éticas y religiosas. Don Juan sabe de su condena, pero en vez de rehuirla, va hacia ella con paso firme, pues el único final digno para su vida disoluta es una muerte en la plenitud de su juventud.
En Don Juan, memoria amarga de mí, en cambio, es burlado por esa muerte que le niega su abrazo final y que lo obliga a vivir enfrentado a su pasado y a sus miedos, pero que le dará también la oportunidad de conocer sentimientos ignorados hasta entonces.

A partir de textos de Tirso, Zorrilla, Molière y Palau i Fabre, este Don Juan de Pelmànec se muestra mucho más humano y se entrega a ese examen vital que todos haremos en un momento u otro. Miquel Gallardo es aquí un actor enfrentado a tres títeres. Un joven fraile enfrentado a un pasado misterioso. Un prior enfrentado a sus propios pecados. Una muerte en busca del amor de su vida. Y en medio, Don Juan, un personaje que sin saberlo, removerá los cimientos de todos ellos…

Un Don Juan viejo, agotado por una larga y disoluta vida, y burlado por la muerte que lo huye, se retira a vivir a un convento franciscano a esperar que se cumpla su destino. Allí conocerá a Jacobo, un joven fraile que ha vivido desde su nacimiento apartado del mundo. Jacobo es el encargado de velar por la salud de Don Juan y, a pesar de que en principio el joven fraile teme al misterioso huésped, poco a poco su miedo se irá convirtiendo en admiración al escuchar sus historias.

En palabras de María Zambrano, “si hubiere un héroe de la no lealtad poseído de la ilusión de ir más allá, sería Don Juan, cuya vida es sucederse a sí mismo (…) como si su vida fuera un solo instante reflejado indefinidamente en una larga galería de espejos (…) la afirmación absoluta de sí mismo frente a todo y más allá de todo. El absolutismo de la existencia individual”. Pelmànec traslada al lenguaje escénico esa individualidad feroz con una propuesta de un único intérprete. Así, este Don Juan es un solo, en el sentido de que es un único actor el que despliega la acción dramática, multiplicándose en varios personajes en virtud de la manipulación de títeres de tamaño humano.