Tres espectáculos he podido ver este Festival de Olite, porque me pilló de viaje la primera semana de programación. Tres espectáculos nada más, pero altamente instructivos. Alfredo me recuerda que en el reparto de Lisístrata se me olvidó incluir el burro y la cabra, en actuaciones casi estelares, y así lo constato. Thabita me pide que amplíe la información del que creo que es el peor montaje teatral que he visto en mi vida, teatro aficionado incluido. No sé si merece la pena hablar de una versión que no había por dónde cogerla, con alusiones a la España de 1979, cuando hacían gracia alusiones al sexo y escatológicas que hoy causan rubor, y que contra lo que se anunció no fue revisado por Martínez Mediero (y si lo hizo que lo jubilen). Una obra pésimamente dirigida, donde la presencia de algunos actores sólo causaba un profundo sentimiento de vergüenza ajena. Una obra que pretendía hacer reír (y lo consiguió: soltamos carcajadas algunos porque nos parecía increíble que algo así pudiera suceder en un escenario). Y un montaje pretencioso, con ínfulas de espectacularidad que naufragaban en el ridículo. Pobres los emeritenses, lo que les espera. Olite, además, vio un pre-ensayo general, pues el montaje llegó con calzador, lo que demuestra la escasa profesionalidad del equipo gestor de la cosa.
Afortunadamente, Olite permitió la comparación, esta misma semana, con lo visto en el Claustro de San Pedro, cuando suben al escenario actores que saben de su oficio, que saben decir un texto y que están dirigidos por personas que saben concebir una puesta en escena con solvencia. Margarita la Tornera, anunciado como una propuesta “menor” dentro del festival, demostró a un grupo de actores solventes que alcanzaron brillantez en varios momentos, para un montaje cuya única pega era la elección de un texto interesante, pero que no era dramático sino poético, y que había que “narrar” para situar cada escena y hacer avanzar la acción, lo que resta teatralidad. Pero ya me gustaría a mí que Corencia, Marsó y su gente hubiera visto cómo se puede desarrollar un duelo a espadas o cómo marcar con dos detalles de iluminación y un verso bien dicho todas las emociones que se desean.
Finalmente, ayer vimos el Cyrano de Teatro Meridional. Excelente. Magnífico. Espectacular en su sencillez. Un escenario desnudo, dos taburetes y una sabia utilización del claustro para entradas y salidas. Una versión sobresaliente, meritoria al reducir a cuatro personajes un reparto que puede exigir 30, pero que gracias a los efectos de sonido y a las claves del movimiento permitían al espectador “ver” a los ciudadanos de París pasearse por el escenario, o sentir la batalla en el cerco de Arrás. Una dirección sobresaliente, que en la primera escena centra al espectador con la clave cómica que quiere dar al espectáculo, y que por eso mismo sorprenderá cuando, sin salirse de ella, logra transmitir a los espectadores, y emocionarlos, la tortura incontenible del drama de Cyrano, el sensible amante que se siente feo sin remisión que pone la brillantez de su pluma y verso al servicio del apuesto, simple y torpe Christian (que evitó caer en el “bobo” en que le convierten muchas versiones), a quien ama Roxana. En estos casos, hay que poner nombres propios: Álvaro Lavin, actor y director; Marina Szerezevsky, Óscar Sánchez Zafra y Paloma Vidal los otros tres intérpretes. Qué magníficos los cuatro diciendo el verso y matizando cada expresión. La traducción y adaptación es de Julio Salvatierra.
Busco en mi archivo otro montaje de Teatro Meridional que pude ver hace unos años en Cuarta Pared, en Madrid, en la misma línea de sencillez y buen hacer y lo encuentro: Miguel Hernández, visto en 2002 en Madrid, sobre la vida del poeta. Me sonaban las caras y el estilo y reviso aquel programa de mano. Lo protagonizó Álvaro Lavin, aquí Christían, y estaba el mismo equipo humano, con algún nombre más.
Brillante cierre del Festival de Olite, con un montaje como los clásicos: texto, intérpretes, una buena dirección y la piedra centenaria para enmarcar la acción. No hace falta más.