Mi buen amigo Pedro Charro, buen lector y mejor escritor, publica hoy en su columna semanal La ventana en Diario de Navarra el siguiente artículo en homenaje a Fernando Fernán Gómez. Como ese periódico no se puede leer en Internet, me tomo la molestia en trascribir el artículo, pues tiene su interés y, además, me cita.

Mala leche

Fernán Gómez, ese malas pulgas, ha hecho mutis por el foro. Hemos visto su féretro bajo una bandera anarquista, que es como ponerse bajo bandera pirata: una forma de pasar de cualquier bandera y un buen chiste para quien hizo tantas obras edificantes vestido con sotana. Este hombre de voz grave era aparentemente un tipo de muy mala leche, lo que le confería un enorme atractivo. Lograr tener un mal carácter es cosa al alcance de pocos, enredados como estamos en las buenas maneras, la falsa cortesía y la sonrisa forzada. El mal carácter, como el ateísmo, es algo que no se logra porque sí, sino que es tarea para toda la vida. En cuanto uno se despista, por muy feroz que se pretenda, termina comportándose como un santo o como un ternero sentimental. Fernán Gómez nunca fue como los demás. “Yo era pelirrojo y jugaba mal a todo”, confiesa sobre su niñez. Con estos antecedentes, está todo dicho. Había nacido en Lima, en una gira de teatro, y tal vez pueda decirse que decidió seguirla. Todas las profesiones, sobre todo el teatro, como el circo, tienen algo de hereditario, de inevitable, de dejarse llevar. Uno de los primeros que se fijó en él fue Jardiel Poncela, para quien actuó en Los ladrones somos gente honrada. Hace pocos días, por cierto, el Gayarre se llenó para oír hablar de Jardiel y para ver la deliciosa El amor del gato y del perro, dirigida por ese gran jardielista con perilla que es Víctor Iriarte. Jardiel fue un gran humorista de vida trágica, que llegó hasta los años 50, unos tiempos en que las cosas no tenían mucha gracia, justo cuando el larguilucho Fernán Gómez empezaba a aparecer en las películas haciendo de misionero o de guardiamarina. Todavía tenía un aire bonachón, y nada hacía sospechar que acabaría cuajando en un actor de los grandes, un escritor brillante y un sujeto alérgico a la estupidez y propenso a la furia. Tal vez él fuera el primer sorprendido de su pinta imponente y del miedo que daba. Garci lo presentó en El abuelo con barba y sombrero, digno y malhumorado. Es difícil saber, como con tanta gente, si se interpretaba a sí mismo.