El compositor navarro Jesús María Echeverría estrena este jueves gracias a la Orquesta Sinfónica de Navarra, y dentro de su ciclo de conciertos, la partitura El silencio de las piedras, inspirada en la obra arquitectónica, escultórica y reflexiva de Jorge Oteiza, que le ha ocupado dos años de su vida, muchas horas de lectura y de escucha, de anotaciones y tachaduras, muchas páginas de cuadernos gastadas y tantos quebraderos de cabeza como momentos apasionantes.

ORQUESTA SINFÓNICA DE NAVARRA. Séptimo concierto de ciclo. Gary Hoffman, violoncello solista. Director: Álvaro Albiach.
Jesús Mari Echeverría: El silencio de las piedras
(obra encargo de la OSN y la Fundación Autor.
Chaikovski: Variaciones sobre un tema rococó. op. 33.
Dvorak: Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88.
Jueves y viernes, a las 20 horas, en Baluarte, entradas a 35 y 25 euros.

El proceso creativo de la obra que se estrena mañana en Baluarte nació de una idea: “rendir un pequeño homenaje a la forma de pensar y de hacer de Oteiza”, y en concreto a dos de sus obras: Unidad triple y liviana y el Friso de los apóstoles que está en la basílica franciscana de Aranzazu. La idea comenzó a fraguarse a través de lecturas de escritos del escultor relacionados con la música, que no hicieron sino confirmar lo que el compositor ya intuía, que la música y la escultura no son dos artes ajenos. El compositor navarro encontró en varios textos del oriotarra “términos comunes a la escultura y a la música”. Conceptos como la proporción, el ritmo expresivo, la sección áurea, la repetición, el número, el espacio, etc, que Echeverría reconoció en las dos esculturas que inspiran El silencio de las piedras, y que están contenidos en dicha composición musical.

La obra tiene una duración aproximada de 15 minutos, y con ella el autor ha querido acercarse a Oteiza “por similitud estructural y acercamiento sonoro”, explicó ayer. Así, El silencio de las piedras -cuyo título alude al silencio de los apóstoles del friso de Aránzazu, “más hermoso y sincero que todo lo que podrían decir”, opina Echeverría- se compone de dos movimientos: Unidades livianas y La danza de los apóstoles.

Y en su sonoridad se acerca al genial escultor oriotarra, a su forma de pensar y de hacer, mediante el empleo de elementos y materiales como las piedras, la madera y el hierro, los tres presentes en la percusión. También mediante técnicas como glissandos a destiempo: “Se trata de un efecto sonoro que consiste en pasar rápidamente de un sonido a otro haciendo oír todos los sonidos intermedios posibles, lo que produce una curva en el sonido”, dice el compositor navarro. O acercamiento a Oteiza manteniendo las “proporciones áureas, igual que hizo el escultor en su Friso de los apóstoles . Él repitió una misma figura, y yo, en el 2º movimiento de la obra, repito un timbre característico en medio de una aglomeración de sonidos conjuntos”, dice Echeverría.