Una tragedia, quizá la primera de la historia del teatro con un pobre hombre como protagonista: soldado raso, barbero, esquizofrénico, sometido a experimentos torturantes, casado con una prostituta, padre torturado, acosado por las insidias de sus superiores…
Una tragedia sobre los don nadies, sobre los juguetes rotos, que Caracois sube al escenario con sobriedad de medios y un gran trabajo interpretativo, donde destaca un soberbio Juan San Segundo, que da carne al desorientado protagonista con verdad escénica, muy bien secundado por Nerea Bonito. Los otros dos actores se reparten varios papeles diferentes, que resuelven con solvencia. La música de acordeón y percusiones, excelente, subraya los momentos más dramáticos.
Sin embargo, la estrategia del director de poner acentos regionales a los personajes (andaluz en los protagonistas y luego una catalana, una gallega, un vasco y hasta un argentino) provocan las carcajadas del público en momentos en que nada de lo que ocurre es gracioso ni puede serlo. Una estrategia de puesta en escena incomprensible, que resta fuerza a la propuesta en vez de enriquecerla y emborrona el trabajo de conjunto.
Esta apuesta desorientó aún más a un público que ya llegó descolocado, dispuesto a reírse. Un público dominguero, faltón, un punto paleto, que comentaba las jugadas en voz alta (como si estuviera en casa viendo Factor X en la tele) y hasta memo (“Se veía venir”, dijo uno en plan filósofo en voz alta cuando Woyzeck mata a su esposa; otra señaló: “ahora la actriz canta”, cuando la actriz se puso a cantar, como si su compañera de comentarios no se hubiera enterado). Y un teléfono móvil que sonó nada más comenzar la representación, lo cual es más que lamentable. Da asco. Y sigue sorprendiéndome la facilidad que tienen algunos/as para reírse a la mínima oportunidad. En fin. Quizá una entrada mínima, de 1 euro, por ejemplo, evitaría que se sentasen en el teatro los que van allí a pasar la tarde en vez de optar por el cine, que es donde las personas hoy día comen, hacen comentarios en voz alta y hasta hablan por el móvil con total naturalidad. Así, el público interesado pagaría a gusto por ver el espectáculo en mejores condiciones.