Veraneantes. Autor y director: Miguel del Arco. Versión libre de la obra de Maxim Gorki. Intérpretes: Ernesto Arias, Israel Elejalde, Miquel Fernández, Elisabet Gelabert, Bárbara Lennie, Miriam Montilla, Chema Muñoz, Lidia Otón, Manuela Paso, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 31/05/11.

El despertar de una resaca de verano

CUANDO se bebe, resulta recomendable no mezclar. Luego pasa lo que pasa, que la cefalea del día siguiente hace causa común con el barullo de la noche precedente para producir un estado de doliente confusión. “¿Qué tal ayer?” “Buf, pues no lo sé, pero lo pasé bien”. Cuando pienso en sintetizar la trama de Veraneantes, lo primero que me viene es precisamente “buf, pues no lo sé”.

Pero lo pasé, lo pasamos bien, de eso estoy convencido. Hagamos memoria: Veraneantes, versión libre del clásico de Maxim Gorki firmada por el autor y director Miguel del Arco, muestra el encuentro de un grupo de personas en una típica localidad costera, un lugar de vacaciones donde se va a relajarse y a olvidarse de todo. Sucede que el relajo y la falta de actividad suelen desocupar al cerebro de actividades primarias y le da entonces no por olvidar todo, sino por recordar lo esencial: lo que se es y lo que se quiere ser, o lo que no se quiere.

En este grupito de veraneantes, cada uno es de su padre y de su madre: tenemos en un lugar central, dentro de lo que cabe en esta obra coral, a Bárbara, esposa insatisfecha y aburrida de un político ambicioso; Israel, que se aprende de memorieta citas de otros para colarlas de rondón en sus discursos. El hermano de la primera, Miquel, es un bufón impertinente sin oficio ni beneficio al que solo le quita las ganas de bromear la presencia de Manuela, amiga de su hermana veinte años mayor que él y típica crítica del sistema que demuestra ser una paniaguada cuando tiene la menor ocasión de venderse por un plato de lentejas.

Hay un par de (pseudo)artistas: Cristóbal, un músico que ha conseguido llegar a las cotas más altas de su profesión a través de componer canciones del verano, y a las cimas del patetismo cada vez que trata de demostrar su amor por Bárbara. El otro es Ernesto, un escritor de éxito que destila prepotencia. Está Miriam, que vive de sablear a Bárbara para mantener a tres hijos a los que no quiere, fruto de un matrimonio del que se arrepiente. Completan el grupo Raúl, un hombre de negocios, epítome de lo peor de la clase empresarial; su tío Chema, un cínico adinerado de vuelta de casi todo; y la esposa del primero, Elisabet, una loba herida que trata de sublimar su rencor a través del folleteo indiscriminado.

Después de conocerlos un rato, a ninguno le prestaríamos cien euros, pero, al mismo tiempo, hay que admitir que son tan humanos que conmueven. Y aterrorizan. Al calor del verano crecen las frustraciones como bacterias en un cultivo, y el alcohol, que corre generosamente, no sirve como desinfectante. No hay una trama que unifique, pero todo está ligado por una sensación de insatisfacción, de pérdida de la felicidad, de egoísmo, y de materialismo sustitutorio de otros anhelos perdidos. Todo muy bien presentado por Del Arco, que sobrescribe muy bien sobre los renglones predefinidos por Gorki, y mueve la función a ritmo endiablado, con los personajes que entran y salen sin pedir permiso, formando encuentros en los que se hablan, se pelean y se aman. Hay un rato en el que los veo como remedos de los perdidos personajes de El sueño de una noche de verano, sustituyendo el bosque ateniense por el Pinar de Salou, y los hechizos de Puck, por vodka del bueno. También es cierto que de la primera media hora tengo una sensación de remolino, de confusión de relaciones, pero luego todo se va aclarando, como una melopea repentina que se va retirando progresivamente, dejando la lucidez de la resaca.

En cuanto a los actores, imagino que el mérito habrá que repartirlo entre ellos, que están soberbios, y la maestría que Del Arco está demostrando para dirigir intérpretes. Quizá no tenemos aquí una verdad tan condensada, un realismo tan puro como en La función por hacer, pero es indudable que todo está pulido con un sentido de la escena envidiable. Dos horas largas de intenso teatro.