Hace exactamente un mes, el 24 de noviembre, el Teatro Gayarre de Pamplona dedicó una de sus sesiones del ciclo Pequeñas Obras de Grandes Autores a Harold Pinter. El teatro me invitó a mí a dar la conferencia introductoria previa a la representación de cinco Sketches de revista. Allí dije que el delicado estado de salud del escritor, premio Nobel de 2005, hacía presagiar que le quedaba muy poco tiempo de vida. Así era. A los 30 días de aquel homenaje, falleció en su domicilio londinense, en plena Nochebuena.

Si quieren saber algo más de Pinter, pueden leer aquí lo que escribí para el programa de mano de esa sesión. No me extenderé mucho más.

El dramaturgo británico Harold Pinter falleció en Londres a la edad de 78 años tras perder una larga batalla contra el cáncer. La voz de Pinter, uno de los escritores del Reino Unido más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, se apagó para siempre el miércoles, según informó su segunda esposa, la también escritora Antonia Fraser. “Él fue un grande”, dijo Fraser en una breve declaración, al subrayar que supuso “un privilegio vivir con él durante 33 años” y que “nunca será olvidado”.

La enfermedad ya impidió a Pinter -famoso por su compromiso político de izquierdas y su pluma contestataria- acudir este mes a recoger el título de doctor honoris causa en la Central School of Speech and Drama de la Universidad de Londres.

Tras conocerse el fallecimiento del polifacético artista, que se describía a sí mismo como “dramaturgo, director, actor, poeta y activista político”, el mundo de la cultura británica lloró su pérdida, al tiempo que elogió su talento y méritos profesionales. “Fue una figura única en el teatro británico. Dominó la escena teatral desde los años cincuenta (de la pasada centuria)”, afirmó Alan Yentob, director creativo de la cadena pública BBC. En opinión de Tim Walker, crítico del diario Sunday Telegraph, el difunto “aportó realismo” al arte escénico mediante obras “con prolongados silencios, en las que los personajes no siempre iban a algún sitio, como en la propia vida real”.

Tras publicar en 1957 su primera obra, La habitación, Pinter inició una carrera en la que escribió 29 piezas teatrales, más de 20 guiones de cine (entre ellos para el realizador estadounidense Joseph Losey), infinidad de trabajos radiofónicos y televisivos, poesía, ensayos, una novela y relatos cortos de ficción.
Algunos títulos inolvidables de Pinter, perteneciente a la generación de los Jóvenes Airados británicos del decenio de 1960, son La fiesta de cumpleaños (1957), El portero (1959) o Retorno al hogar (1964).

Su peculiar estilo, lleno de silencios en dramas marcados por un lenguaje ambiguo y cómico por momentos, pero que genera un ambiente de amenaza y alienación, se acuñó como “pinteresco”, adjetivo admitido por el Diccionario de Inglés de la Universidad de Oxford.

La Academia Sueca reconoció al autor británico por sus “obras, en las que descubre el precipicio que hay detrás de los balbuceos cotidianos y que irrumpe en los espacios cerrados de la opresión”.