El escenario del Teatro Gayarre acoge, el sábado 8 de noviembre a las 8 de la tarde, la puesta en escena de la obra del dramaturgo Juan Mayorga LA PAZ PERPETUA, una producción del Centro Dramático Nacional en colaboración con Teatro de La Abadía, dirigida por José Luis Gómez. El director de escena José Luis Gómez y el dramaturgo Juan Mayorga han aunado esfuerzos para poner en pie esta obra, una reflexión en torno al terrorismo y, principalmente, sobre los dilemas morales que éste plantea.

La trama de La paz perpetua se desarrolla en un lugar secreto en el que tres perros compiten para conseguir el codiciado collar blanco y con él la distinción de perro antiterrorista de elite. Mediante sucesivas pruebas trasciende uno de los más acuciantes dilemas éticos de la vida política y social de hoy. Son palabras del propio Mayorga: “No es un espectáculo de tesis plomizo sino una experiencia teatral, poderosa, en la que el humor y la incertidumbre están presentes y que muestra nuestro tiempo o lo que podría pasar próximamente”.

Con La paz perpetua el dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1964) incide en uno de los debates morales más controvertidos de nuestro tiempo: una sociedad amenazada por el terrorismo ¿hasta dónde puede llegar para combatirlo? Frente a los que defienden el empleo de la fuerza, ¿pueden imponerse aquéllos que prefieren el uso de las palabras? Mayorga vuelve la vista a una de sus referencias filosóficas fundamentales a la que, por si albergaba dudas, le ha robado hasta el título de una de sus obras para esta función: “Amo a Kant”, dice el autor, “para mí es el máximo ejemplo de filósofo ilustrado e intento plantear cómo actuaría él en un contexto como el nuestro, en el que la amenaza terrorista nos lleva a debates morales que posiblemente hace diez años ni se hubieran planteado, debates que están en el ambiente, que reverberan, como por ejemplo la posibilidad de que se reinstaure la tortura”.

Advierte el escritor que él no ha escrito una obra de denuncia, ni éste es un espectáculo sobre un país concreto, ni sobre las negociaciones del Gobierno con ETA, ni nada que haya sido tratado en un periódico y ni mucho menos una tesis. El autor reconoce hablar del poder o de la impotencia de la razón en nuestros días; en realidad, la obra no habla tanto del terrorismo como de lo que sus enemigos podemos y lo que no podemos hacer para combatirlo.

Y para ello se inventa un juego simbólico, específicamente teatral, protagonizado por tres personajes que son todo un hallazgo: tres perros expertos en explosivos, cuya cualidad mitad humana mitad animal les permite tomar distancia del horror al que los hombres les van a convocar. A través de una serie de pruebas de selección para formar parte de un grupo antiterrorista de elite, se elegirá al mejor, al más útil en el combate contra la amenaza del terror. En total son cinco personajes, cinco seres humanos teatralizados que tienen alma y que, precisamente por ello, muchos espectadores se van a ver concernidos y, espera el autor, examinados. Cinco personajes que responden a cinco formas distintas de pensar y de actuar.