El Teatro Gayarre ha programado una única función, este jueves a las 20 horas, de ESPÍA A UNA MUJER QUE SE MATA, la versión del argentino Daniel Veronese de Tio Vania de Anton Chejov.

La obra está interpretada por Osmar Nuñez (Vania), Malena Figo (Sonia), Marcelo Subiotto (Astrov), Fernando Llosa (Serebriakov), Silvina Sabater (Teleguin), Marta Lubos (María) y Mara Bestelli (Elena), con dirección: Daniel Veronese.

SOBRE LA VERSIÓN.
Cuando uno elige “una versión de…” es interesante saber, por ejemplo, que el autor original era ruso, nació en la segunda mitad del siglo XIX, hace casi ciento cincuenta años y fue innovador. El jardín de los cerezos, La gaviota, Tio Vania y Las tres hermanas le dieron fama y actualmente la “chejofilia” continúa siendo una característica muy nuestra, como nos recuerda el colega Pablo Gorlero, al referirse a las siete piezas actuales de Chéjov en cartel, en Buenos Aires.

Algún filósofo reflexionará sobre los ignotos porqués del hecho y las afines tendencias melancólico-románticas del argentino medio. Otros sobre la atmósfera ciclotímica de depresión y entusiasmo, que caracteriza el ciclo socio político de nuestro país y el vecino hasta puede aludir a cómo la riqueza aparente de comienzos de un siglo que murió, obligan al estado constante de “todo tiempo pasado fue mejor”, sensación de fracaso e inseguridad.

La reescritura de Daniel Veronese, un innegable creador teatral, testimonia cómo un clásico puede ser aggiornado y “camaleonizarse” por momentos exhalando matices que podríamos bautizar como “averonisamientos”. Ahí está el lugar en que se desarrolla la acción, atemporal y a-espacial, pero innegablemente actual. En el campo, un viejo profesor de arte, ególatra y dominante, visita su hacienda con su segunda esposa, bella y joven. Parientes y amigos que el espectador intuye parasitarios y adulones unos, fracasadamente envidioso algún otro y tocados por un halo beatífico y de solidaridad las excepciones, giran alrededor de su presencia.

Si hay una adolescente enamorada, una madrina que en la obra original era un terrateniente arruinado y un médico preocupado por la ecología, también el tío Vania sigue atribuyendo el fracaso de sus realidades a los demás, la suegra del profesor sonriendo a la vida y a la muerte y la bella Helena volteando muñecos en sus discretos paseos de saco, falda y contundente redondeces. Como en la obra original, todos desean algo. Algunos lo que nunca existió, otros lo que nunca podrán despertar y hasta intuyen (Helena), que la sabia cobardía es capaz de asegurar una tranquilidad económica con permisibles flashes de pasión.

Las aguas de Veronese no son tan plácidas como las de su inspirador. Se ennegrecen con una buena pistola en la escena inicial, se autosuicidan con los histerismos de la dulce Sonia, capaz de tranquilizar al ciclotímico tío del título y en el paso siguiente estrellarse contra paredes y mesas en raptos desesperados de impotencia. Y duplican el histrionismo de Vania, floralmente derrotado ante la actitud de Helena con el médico rural o insecto aplastado observado por la familia unita.

Puesta minimalista y austera en lo escenográfico, sólo la planta y una ventanita para atisbar. Y la confirmación de que un equipo de actores puede ser la perfecta unidad, donde nadie está mejor que nadie y todos son lo que son discurriendo sobre la verdad del teatro actual o las formas de representación. Notables los principales y secundarios, unidos en el drama y la alegría (hay toques de humor ácido y pequeñas complicidades con el público). Con escenas que desnudan las intimidades de la familia (la reunión por la herencia), baja del antifaz y cremallera ante el tiroteo de verdades ocultas, Espia a una mujer que se mata muestra la vigencia de un cláslco y la creatividad de un director y su elenco, finalizando con un emocionante y esta vez sí chejoviano efecto de diálogo de generaciones. Vania y su sobrina Sonia piensan en voz alta. La voz final es la más joven y habla de la esperanza en el futuro, de la realidad de los sueños.

Daniel Veronese

Daniel Veronese comenzó su carrera como actor y mimo. En 1985 incursionó en el teatro de objetos, disciplina que lo llevó a crear junto con Ana Alvarado y Emilio García Wehbi en 1989 el grupo “El Periférico de Objetos”. Su estética, como director y dramaturgo, lo lleva a plantear una mirada particular en el espectro teatral argentino.

Es autor de más de veinte títulos y director de más de una decena de obras (Entre otras: Crónica de la caída de uno de los hombres de ella, Del maravilloso mundo de los animales: Los Corderos, Cámara Gesell, Mujeres soñaron caballos, La noche devora a sus hijos, La forma que se despliega, Open House, Un hombre que se ahoga, En auto, etc.) Basándose en la síntesis, en la autorreferencialidad del teatro mismo y en lo siniestro, su obra genera una presencia transversal sobre los patrones formales del teatro tradicional.

Tiene publicados dos libros que contienen toda su obra: Cuerpo de prueba (Volumen I y II), editado por la Universidad de Bs. As. y La deriva, editado por Adriana Hidalgo Editores. Sus obras están traducidas al italiano, al alemán, al francés y al portugués.

Recibió numerosos premios entre los que se destacan el Segundo Premio Nacional (1997)y el Primer Premio Municipal (1998) – de Argentina- ambos en dramaturgia.

En las ediciones 1999, 2001, 2003 y 2005 se desempeñó como curador del Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires. En el año 2005 realizó en Casa de América de la ciudad de Madrid el taller-montaje de su obra Mujeres soñaron caballos con actores españoles.

Actualmente, dirige en la ciudad de Madrid una versión para la escena de El túnel de Ernesto Sábato con la actuación protagónica de Héctor Alterio. Próximamente se repondrán en Argentina las siguientes obras bajo su dirección: En auto (Teatro Nacional Cervantes), Mujeres soñaron caballos (Espacio Callejón) y El método Grönholm (Complejo La Plaza).