Por segunda vez en pocos días me sorprendo muy gratamente de un montaje, que además coincide que es de un taller. Si hace unos días fue el de Zizur Mayor, en este caso el de la Universidad Pública de Navarra, que dirige Oscar Orzaiz. Ofrecieron el viernes la puesta en escena de casi una decena de los Cuadros de amor y humor al fresco, una colección de 30 piezas breves de José Luis Alonso de Santos.
El inteligente planteamiento de Oscar Orzaiz tiene resultados concretos y sobresalientes: los diez actores del taller se mueven con soltura en el escenario, proyectan muy bien la voz, saben dar carnalidad a sus personajes y ofrecen varios momentos espléndidos, logrando arrancar emociones y carcajadas al público. El grosor de una cadena siempre lo marca el eslabón más débil y el de un montaje teatral, sus elementos menos afortunados. Aquí todo (escenografía, iluminación, luz, coreografías, interpretación) tiene un mínimo denominador común que supera con creces el aprobado. Por eso, la nota media final está en el sobresaliente.
Sin duda, lo mejor que he visto de este taller en años. Orzaiz ha elegido una obra muy apropiada para el taller: piezas cortas de dos o tres personajes, lo que permite ensayar fragmentariamente (porque todos sabemos lo difícil que es juntar un día a la semana a 10 estudiantes de carreras y cursos diferentes y con un sinfín de actividades). Una vez hecho ese trabajo, prepara una hilazón bien ensayada para que todos los actores participen en los entreactos con elegancia y gracia. Cualquiera que sabe de teatro sabe que ese resultado sólo se consigue con mucho trabajo: no es fácil preparar cada escenario entre acto y acto, moverse diez personas casi a oscuras (sin ensayo general en el teatro donde se estrena), bailar al ritmo de cada música y ofrecer, finalmente, una coreografía atractiva y muy bien bailada.
Si a eso se añade una iluminación cuidada, una sabia utilización de una docena de cubos y tablas para crear cada escena, un vestuario conjuntado… prácticamente todo está conseguido. Pero es que el montaje transmite al patio de butacas aspectos que también son muy importantes: es evidente que en el taller se ha conseguido crear un grupo de amigos que ensayan en sintonía, que están muy a gusto entre ellos y que se lo pasan muy bien, y eso se transmite desde el escenario. Y crear esas buenas vibraciones es una parte sustancial del trabajo de todo taller y no es nada fácil de conseguir. Mérito sin duda también de Oscar Orzaiz.
No distinguiré a unos actores de otros, porque todos se ganaron con creces los aplausos (los aplausos interrumpieron en varios momentos los diálogos durante la velada), pero horas después todavía me reía con esa esposa harta del cachazas de su marido, de la madre superiora celosilla, de los soldados helados en la trinchera, del bocas hospitalizado por inventar trolas, del sacerdote enamorado, de los actores de doblaje de porno, de las prostitutas aprensivas…
Sólo me queda preguntar:
¿Por qué este grupo no se presenta a las muestras de teatro joven y aficionado y amplía el eco de su trabajo?
¿Por qué no hubo programas de mano? (espero que me manden un par de ellos para mi colección)
¿Qué puede hacer la universidad para incrementar la participación de los estudiantes en estas actividades? ¿Por qué sólo 10 de una “población” de 8.000 personas a las que el teatro les puede ayudar muchísimo en los oficios que tratan de aprender en las aulas?