Tartufo. Autor: Molière. Versión de Mauro Armiño. Compañía: La Zona. Dirección: Hernán Gené. Intérpretes: José Ángel Egido, Nathalie Seseña, Itziar Miranda, Roberto San Martín, Hernán Gené. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 8 y 9/04/11.

Tartufo y el gesto

si la medida del talento de un hombre la dan sus enemigos, el de Molière queda demostrado en el hecho de que su Tartufo estuviera prohibido durante varios años. A los tartufos de su época no les gustaba verse retratados de un modo tan descarnado y a la vez ferozmente burlesco. Seguro que a los de nuestra época tampoco les agrada, pero se siente seguros en la creencia de que la condición de clásico de Molière ha desactivado su carga crítica. Error: el texto sigue señalándoles de forma nada disimulada.

Otra prueba del talento de Molière para poner el dedo en la llaga y crear personajes arquetípicos de situaciones reales la encontramos en las páginas del diccionario: la palabra tartufo, que él ideó para llamar a uno de sus protagonistas, ha pasado a ser un nombre genérico para designar a los hipócritas. Adulador, obsequioso o servil, el gesto es una de las herramientas básicas del profesional de la hipocresía. También lo emplea Hernán Gené, el director de este Tartufo, aunque con una intención más reveladora que encubridora, como método para representar las acciones que el adaptador se ha visto obligado a sintetizar para dejar el texto en una duración aceptable (unos 90 minutos, casi la mitad de lo que supondría ceñirse a la literalidad del texto original). La puesta en escena de Gené traslada la acción a los años veinte, y su artimaña, con cierto aire al dramatismo gestual del cine mudo de la época, le va como anillo al dedo.

Hernán Gené es un tipo curtido en el clown, y en expandir los límites del género hacia terrenos que parecería que no le son propios. Ya lo demostró hace unos años con una soberbia adaptación de Sobre Horacios y Curiacios de Brecht. El gesto es por tanto un modo de trabajo familiar para el director argentino. Se percibe en el modo de presentar a personaje que interpreta en la obra (el propio Tartufo). No porque sea gesticulante, antes al contrario, sino porque le arranca matices con la sutileza de un movimiento de cabeza o de un ademán allí donde otro actor no habría detectado nada de particular. A la que sí encuentro gesticulante en exceso es a Nathalie Seseña, sea por iniciativa propia o por consejo del director. Todo lo contrario que José Ángel Egido, que encarna un Orgón contenido y realista. El punto más fuerte del montaje, junto con el Tartufo de Gené. Itziar Miranda está correcta, y Roberto San Martín me resultó un tanto irregular.

Ya he comentado antes el acierto en la versión “abreviada” que firma Mauro Armiño. Lo cierto es que en Tartufo encontramos lo mejor y lo peor de Molière. Lo mejor: la capacidad para escrutar material dramático en su realidad social y sintetizarlo en personajes imperecederos. Lo peor: una tendencia a la verbosidad y a estirar las situaciones hasta que la tensión empieza a resentirse; y una resolución completamente ex machina, que la versión de Gené ha preferido caricaturizar en lugar de empeñarse vanamente en hacérnosla tragar como verosímil. Gené le añade también una cosa extraña, con los personajes bailando en torno al cadáver de Tartufo y la posterior resurrección de este, con pipa y barba postiza. La hipocresía no muere, solo cambia de cara, imagino que será el mensaje. Estemos atentos, por tanto.