Valentín Redín Flamarique, figura capital del teatro navarro de las últimas décadas del siglo XX, falleció ayer por la tarde, lunes 18 de enero de 2010, en su domicilio de Pamplona a causa de un paro cardíaco. El próximo 24 de enero hubiera cumplido 67 años.

Yo, Leonor (2004) y Luz de ensayo (2005), textos propios, fueron los montajes con lo que quiso despedir su larga carrera teatral, que sin embargo concluyó un año después al hacerse cargo de la dirección de El divino impaciente, de José María Pemán, sobre San Francisco Javier, que se convirtió en una de los actos más populares del centenario del santo navarro, penosamente gestionado desde el Departamento de Cultura. Delicado de salud, se había alejado del entorno teatral y se había retirado a escribir. Estaba casado con “Chon” Marcotegui y no tenía hijos.

Fue fundamentalmente un gran director de escena, aunque ocasionalmente escribió y actuó, y un hombre que logró “teatralizar” su profesión de jefe de Protocolo del Ayuntamiento de Pamplona y gestor y animador cultural, lo que le permitió dar un extraordinario realce a un larguísimo catálogo de eventos ciudadanos, populares y festivos. Dejó su sello en “movidas” como los Festivales de Olite, las semanas presanfermineras, los Sanfermines culturales, la inauguración de plazas y monumentos, etc.

De la mano del grupo hoy mítico El Lebrel Blanco en la década de 1970, y después con otras formaciones que siempre mostraban su singular sello y personalidad, llevó las tablas navarras a altas cotas de popularidad entre la crítica y el público, reuniendo, además, a los mejores intérpretes de la región, que todavía hoy siguen siendo los referentes de la escena local.

Gran conocedor de la tradición teatral española, hizo sus primeros pinitos serios de chaval, en los montajes de la Institución Cunas (debutó en El Príncipe Valiente), que durante las fiestas de Navidad acostumbraba a organizar en el Teatro Gayarre montajes basados en cuentos infantiles. También en el Instituto Ximénez de Rada y como “actor invitado” en las producciones universitarias de la década de 1960.

En 1970, fundó, con una ayuda de la Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, El Lebrel Blanco, la compañía más importante de la historia del teatro navarro, que tomó nombre de otra existente antes de la Guerra Civil. Tras montar algunas obras infantiles, en 1973, el grupo estrenó Yerma, de García Lorca. A partir de este momento y en estrecho contacto con Patxi Larrainzar, realizó montajes de textos polémicos que se hicieron tremendamente populares, alcanzando hitos impensables en una Navarra huérfana de infraestructuras teatrales públicas. Así por ejemplo, en 1973, El retablo del flautista, de Jordi Teixidor, se representó 22 veces consecutivas, y en 1975 Navarra, sola o con leche, de Larrainzar, que se ha representado más de 125 veces. Después llegaron otros títulos como Carlismo y música celestial, Premio del Festival Internacional de Sitges. En 1976, El Lebrel estrenó 1789 o La ciudad revolucionaria es de este mundo, inspirado en el montaje del Thèâtre du Soleil parisino, que fue calificada por el diario El País como el mejor espectáculo del año en todo el Estado. Exitosas fueron posteriormente Utrimque Roditur, Pampilonia Circus y Los cuernos de don Friolera.

Durante este tiempo, la compañía tuvo su propia sala en la calle Amaya de Pamplona (desapareció después de que la ultraderecha hiciera explotar un artefacto en su entrada) y creó una escuela de interpretación, que apenas tuvo continuidad puesto que los integrantes más jóvenes e inquietos se escindieron, no sin tensiones y enfrentamientos artísticos pero también personales, y crearon el Teatro Estable de Navarra (TEN), elenco capital en la introducción del Método stanivlaskiano en la región.

Funcionario de carrera, Valentín Redín ocupó distintos puestos en las áreas de Protocolo y Cultura del Ayuntamiento de Pamplona, finalizando en el departamento de Turismo, donde se jubiló en 2006 tras año y medio de baja médica por otro infarto que sufrió en 2004. También trabajó en el Parlamento de Navarra, de la mano del ex presidente, ya fallecido, José Luis Castejón, y, antes, en la Institución Príncipe de Viana, donde creó los Festivales de Olite. En 1992, el Gobierno de Navarra le encargó un montaje para su pabellón en la Expo de Sevilla y recreó un montaje mítico de la postguerra, Ama Lur, propuesta de teatro, danza y música que aunaba el mejor folklore de la tierra, reunió a más de 200 personas sobre las tablas y demostró que su genio teatral seguía a pleno rendimiento.

Capital para el teatro navarro fue su propuesta de realizar producciones municipales con fondos de Alcaldía (y no de Cultura) a partir de 1993, en momentos críticos del teatro local por falta de infraestructuras, planificación y subvenciones estables. Aquellos montajes (Don Juan Tenorio, La Celestina o La ópera de cuatro cuartos), con presupuesto generoso, tuvieron la virtualidad de volver a reunir al teatro local, muy fragmentado en capillas desde una década antes, y generaron el reencuentro de distintas generaciones de intérpretes y nuevas sinergías que sentaron las bases para el actual buen momento artístico de la escena navarra.

Una de las iniciativas a que dio lugar aquella experiencia la protagonizó el mismo Valentín Redin en 1994, cuando entendió que existía un público ávido de buenos textos y formó la Compañía Titular del Teatro Gayarre de Pamplona, con un acuerdo de compartir riesgos con la empresa SAIDE, administradora de la sala. Volvió a cosechar grandes éxitos como Celos en el aire, La ratonera, Peribáñez o El comendador de Ocaña, La cerillera o Crimen perfecto, montaje este último que fue “comprado” por una productora profesional y Redín dirigió en Madrid con un reparto diferente.

Descolocado ante la nueva realidad del teatro local, muy profesionalizado con el inicio del siglo XX y, por tanto, ajeno a las dinámicas con las que mejor trabajó y pudo expresarse artísticamente -aquel impulso entusiasta y nada crematístico de los grandes montajes totalmente amauteurs de El lebrel blanco-, Valentín Redín sufrió para asumir el nuevo rol no protagónico al que el panorama escénico navarro le había arrastrado. Superó algunas decepciones y no pocos desplantes de quienes antes lo solicitaban y requerían y jaleaban, gracias a que creó Lebrel Blanco Producciones, una sociedad unipersonal nacida para disfrutar del teatro a su solo capricho.

La locomotora desbocada de ideas e iniciativas, que durante años arrastró los vagones mejor surtidos del teatro pamplonés, dio paso a un vehículo de pequeña cilindrada pero más maniobrable, que dirigía como él sabía, con las dosis habituales de autoritarismo y ternura que no eran sino una forma más de expresar la teatralidad extrema que le brotaba en todos los órdenes de la vida. Dirigió nuevos montajes con intérpretes y colaboradores escogidos ad hoc, como en el recital dramático Shakespeare en las puertas del aliento, el auto sacramental El gran teatro del mundo, Yo, Leonor, con la que María Luisa Merlo fue candidata a un Premio Max, y Luz de ensayo, un montaje menor que será recordado sin embargo como un peculiar “testamento teatral”.

Víctor Iriarte