Una amiga que trabaja en el Teatro Español (hoy es mucho más amiga) me mandó un mensaje al móvil el domingo pasado: “Incendies es impresionante, no te lo puedes perder, la gente sale emocionada”. El viernes recibí otro de otra persona: “Si pasas por Madrid no dejes de ver Incendies en el Español”. Les hice caso. Saqué una entrada y la ví ayer sábado.
Un dato: es la primera vez que veo a todo el público del teatro, a todo, de pie aplaudiendo al acabar una representación sobrecogedora, que concluye con los personajes bajo la lluvia y un silencio desolador. Aplaudiendo de pie durante 5 minutos.
Otro dato: salí anonadado, sin poder hablar durante media hora.
Otro dato: es uno de los montajes mejores que he visto en mi vida. Y he visto algunos.
El autor y director es libanés y está afincado en Canadá. Wajdi Mouawad. Vive en el Quebec, el de Lepage, el mismo espacio donde ya es evidente que se está haciendo el mejor teatro del momento.

La historia: un testamento que se abre y dos gemelos, chico y chica de 22 años, que acuden al notario a escuchar las últimas voluntades de una madre a la que aborrecen, la emigrante de Oriente próximo a la que apenas han visto en años. Un prosaico reparto de las propiedades y unas indicaciones precisas del entierro: en tierra, desnuda y boca abajo, sobre el cuerpo se verterán tres cubos de agua y se colocará una lápida sin nombre. “Las personas que no cumplen sus promesas no merecen un nombre en su lápida”. El notario saca una bolsa con el resto de la herencia: una chaqueta con el número 72 a la espalda para ella, un cuaderno para él y dos sobres cerrados, que ella debe entregar a un hermano (desconocido para ambos) y él a su padre (al que no conocen y creían un héroe de guerra muerto). Cuando cumplan su encargo podrán colocar a la madre su nombre árabe en la lápida. Los gemelos escupen sobre la decisión y se largan…

Pero regresan, recogen sus sobres y comienzan la búsqueda de sus orígenes, de sí mismos y de su reencuentro con la madre que vivió 5 años muda, que nunca les habló de su pasado, que vivió toda la vida pendiente de los juicios a los criminales de guerra. Y descubren la guerra (del Líbano, de Oriente Medio, no se cita ni un sólo país, pero sabemos de qué estamos hablando). Los refugiados que invaden el país desde el sur, la tensión, los primeros enfrentamientos, las milicias, los asesinatos en masa, las violaciones, las cárceles que son campos de exterminio…
Y la madre en medio. Unas grabaciones, unas fotos antiguas y el testimonio de quienes la conocieron. Una historia de amor con alguien de otro clan, un hijo nacido y robado, una búsqueda del hijo en medio de la guerra, las matanzas, los crímenes impunes, los niños reventados contra las paredes, las mujeres quemadas vivas…

Y los hermanos se reencuentran con su pasado, conocen a su padre y conocen a su hermano. Y el resultado es sobrecogedor.

Tres horas de teatro puro: en el escenario, cuando más, 8 sillas: una pared de cristal al foro y mucha agua, para contar la historia de un país donde no llueve nunca, donde la infancia es “un cuchillo al cuello”, como reflejan las marcas de las tres actrices que interpretan a la madre joven, a la adulta que trata de frenar la barbarie de sangre de esa tierra y la anciana que acude a declarar al Tribunal Penal Internacional ante su torturador y violador, que vuelve a reirse de ella. Teatro puro, donde no hay un sólo objeto que no tenga un sentido, que cada vez que se conoce es más desolador: la nariz de payaso que la parturienta dejó entre las ropas del niño antes de que se lo arrebataran porque era el único regalo que recibió del amor de su vida; el número 72, el de “la presa que canta”, sistemáticamente torturada y violada por el “señor” del campo de concentración, el cuaderno dejado en testamento, el porqué de no ir nunca en autobús, los sobres…

Nueve actores excepcionales para una treintena de papeles diferentes, una dirección excelsa, que sabe contar las historias paralelas que se van cruzando en el escenario con una sabiduría infinita y un cuerpo, el de los espectadores, que recibe un puñetazo tan poderoso y total en el estómago que te impide hablar.

Hoy es la última representación. Si alguien de Madrid lee esto, que entre en Internet, reserve su entrada (si quedan) y vaya a verla. Ya. Sin falta. Se representa en la jerga hablanda en el Canadá francófono tan difícil de seguir y con sobretítulos. Que lea, vea y sienta. Le cambiará algo por dentro.