El Teatro Gayarre acoge viernes y sábado dos funciones de El guía del Hermitage, obra escrita por el peruano Herbert Morote y dirigida por el argentino Jorge Eines, en la que Luppi sube a escena acompañado de Manel Callau y Ana Labordeta para narrar una historia sobre la esperanza y la fortaleza del espíritu humano frente al horror. El actor porteño retorna a las tablas en la piel de Pavel Filipovich, y, como él, cree en el “poder transformador de la ilusión”.

Viernes 16, y sábado 17, a las 8 de la tarde, con entradas a 19, 15 y 6 euros. Quedan entradas a la venta.

Diario de Noticias publica hoy una magnífica entrevista con Luppi, de la que copio algunas respuestas a propósito de esta obra:

El argumento. “En un museo vacío, Pavel Filipovich se inventaba visitas con gente inexistente para ver cuadros inexistentes. Hechos reales que toman forma en esta obra que introduce a dos personajes nuevos: Igor, un comisario de museo y Sonia, la mujer de Pavel, que va a verle de vez en cuando para llevarle alimentos y un poco de afecto. Y el montaje se articula en la permanente discusión entre Igor, que considera al guía un loco sin remedio, y Pavel, que le explica que, en los peores momentos de la vida, la resistencia no consiste sólo en disponer de medios materiales para defenderse, sino que también la concreción de los sueños, la ilusión y la fantasía pueden tener un carácter revulsivo y revelador de fuerzas más profundas e ignotas”.

Por qué hay que ir a verla. “La obra tiene un lenguaje extremadamente atractivo, con un humor excelente, y en ella se plantea el eterno drama humano de la soledad y la impotencia que nos asaltan a veces cuando lo que conocemos como las fuerzas del mal se presentan como invencibles. Y también la respuesta que la gente es capaz de dar ante esas situaciones. Porque la historia reveló que Leningrado se salvó más por el orgullo y el valor de la gente que por la estrategia de Stalin. Y el texto desarrolla de una manera muy hermosa, casi poética, el modo en que el ser humano se planta frente al mundo, y viene a decir que, a veces, la letra escrita, la función descriptiva del ensueño, la capacidad dinámica que tiene la ilusión suelen ser herramientas realmente poderosas y de un natural efecto transformador”.

El arte y la realidad. “No creo que sea un remedio, entendido como una cataplasma o un parche. Yo no pienso que el arte pueda transformar el mundo, sería una pretensión excesivamente borgiana; pero algo hace, porque, por ejemplo, después de siete mil años de historia, la gente sigue yendo al teatro, y no sólo buscando diversión o entretenimiento, lo cual es muy buena excusa, sino porque permanentemente necesita reencontrar una referencia a aquello que podría ser mejor. Hasta el más abyecto y terrible de los seres humanos piensa en algún momento de su vida que hay una parte incorruptible del alma que está destinada a una perfección más solidaria. Por eso creo que el arte tiene la gran virtud, y así lo ha demostrado en diferentes períodos de la historia, de que siempre se ha adelantado a los acontecimientos por vía de las grandes metáforas. Desde La Quimera del Oro de Chaplin hasta Harry Potter están planteando temas como la ambición, el empobrecimiento humano, el desastre ecológico o la basura mental que nos arrojan todos los días desde la televisión. El buen arte, aquél que es capaz de conmover a alguien, siempre plantea lo que va a venir”.