Es un diálogo de sordos, el de los taurinos y los antitaurinos. No existe ningún punto de acuerdo entre quienes aborrecen la fiesta por el sufrimiento que provoca en el animal y quienes defienden este arte con mayúsculas. Joaquín Sabina, progre pero habitual en Las Ventas, lo define muy bien: “Los antitaurinos tienen razón, pero no tienen corazón”.
Esta Controversia del toro y el torero nos remite al teatro prebarroco, donde no existe la acción, y el conflicto está basado exclusivamente en la sucesión de argumentos de uno y otro, aquí magníficamente expuestos por dos grandísimos actores, Xavier Boada y Ramón Fontseré. El primero es Miguel, el hombre que ha estado 25 años de su vida empujando el carretón con cuernos con el que ensayan los toreros, hasta el punto de asumir la personalidad y argumentos del cuatreño. Fontseré es un torero yacente, recién corneado, que imagina este diálogo onírico afectado por la anestesia y la pérdida de sangre.
La sucesión de argumentos se realiza con agilidad, con momentos de humor, y una gran puesta en escena, a pesar de que los dos personajes apenas se mueven en un círculo de cuatro metros de diámetro, una plaza encogida. Arena y luz por toda escenografía, que completa una muleta sin espada.
La obra duró apenas una hora y diez minutos. No necesitaba más ni podía extenderse más allá sin merma de la atención.
Un espectáculo completamente diferente al que habitualmente firma Boadella, alejado del gran ritual de los montajes joglarianos. Una diatriba minimal, para un problema que crece: Barcelona y Pamplona están siendo los principales escaparates. A pesar de ello, no se llenó el teatro. Poco Club Taurino en las butacas. Con razón dice un gran aficionado local, que el taurino español es iletrado o poco leído, a diferencia del francés, generalmente más documentado.