Madre Coraje. Compañía: Atalaya (Sevilla). Autor: Bertolt Brecht. Adaptación y dirección: Ricardo Iniesta.Intérpretes: Carmen Gallardo, Lidia Mauduit, Raúl Vera, Jerónimo Arenal, Silvia Garzón, Manuel Asensio y María Sanz. Lugar: Casa de Cultura de Zizur Mayor. Fecha: Jueves 28 de noviembre. Público: Casi lleno.

Un Brecht excelente y actual

ANTES de que este país se convirtiese, en lo cultural, en un reino de taifas, la presencia de grupos como Atalaya era habitual en Navarra. No es extraño que haya sido Zizur, modelo de programación de un espacio público con las mismas tres décadas de vida que el elenco sevillano, el que haya acercado hasta aquí al premio nacional de teatro de 2008. Con un Brecht pata negra, que sigue la traducción canónica de Miguel Sáez, pero con una adaptación inteligente que elimina un 50% del texto original y apenas añade alguna escena (los fusilamientos bajo luz cenital) para ganar en ritmo y adensar hasta el engrudo la denuncia brutal contra la guerra que es Madre Coraje.

Brecht escribe un teatro político descarnado, un puñetazo al estómago del espectador acomodaticio que sigue pensando que el mundo es como se lo han venido contando los dueños del cotarro. Tira de paradoja y distanciamiento, o mejor expresado, extranjerización. Me explico. Si un pasmao no ha salido en su vida de Pamplona, se pensará que todos los buzones son amarillos, las villavesas verdes y los políticos una banda. En el momento en que viaja un poco descubre que hay buzones de todos los colores, autobuses de dos pisos y países bien administrados. Esa es la clave: ver y comparar con lo de casa. Analizar lo que observas en el escenario y repensar lo que dabas por sabido. Todo Madre Coraje es pura paradoja: vemos a los personajes ensalzar las virtudes de la guerra y a la vez empobrecerse y sufrir. Por eso no nos conmueve esa madre que necesita para su comercio la guerra (de los Treinta Años, ambiciones regias disfrazadas de lucha entre católicos y protestantes) y esa misma guerra acaba de forma violenta con sus hijos. Brecht no quiere que la compadezcamos, sino que observemos y cuestionemos.

El director lo sabe muy bien y por eso sus actores, acertadamente, se cuidan de escupir frente al público, bien subrayadas para que no pasen desapercibidas, las frases más demoledoras de la pieza: “Sólo donde hay guerra hay listas y registros, se hace bien el recuento de hombres y bestias, ¡sin guerra no hay orden!”“No me fío de él, somos amigos”“Te he enseñado a ser honrado porque no eres listo, pero todo tiene sus límites”“La corrupción es nuestra única esperanza”“Es una guerra en la que se incendia, se acuchilla y se saquea, sin olvidar alguna que otra violación, pero es diferente de las otras porque es una guerra de religión”.

El montaje de Atalaya es magnífico. Los siete actores reciben al público en posición e interpretan con maestría. Cantan maravillosamente en checo, alemán, italiano y castellano y se desdoblan en distintos personajes con soltura pasmosa a pesar de las condiciones difíciles del escenario. El movimiento escénico es imaginativo y el uso del carromato y otros recursos, excelente. Un vestuario tenebrista y un diseño de luces expresionista perfectamente adaptados al tono de la peripecia contribuyeron a convertir la noche del jueves en una gran velada teatral. El público lo entendió así y aplaudió largamente al elenco, que tuvo que salir cuatro veces a saludar.

El mismo día de la representación, un diario digital desvelaba un turbio asunto de favores y tercería entre un expresidiario, Miguel Blesa, de los que contribuyó a arruinar Caja Madrid, y José María Aznar, el expresidente que metió a este país en una guerra, la de Irak, con el sólido razonamiento, créanme, de que era bueno estar en aquel fregao. Con aquel desfachatado desparpajo que lo hizo tan popular. Pues por lo que se ve, la intermediación y sus benditas comisiones están relacionadas con un asunto de ¡venta de armas! Lo pueden leer en los medios y pensar que ya es casualidad. A otros nos refuerza el argumentario cuando decimos que Brecht es un clásico: sus obras escritas hace 80 años nos hablan del aquí y del ahora.

Víctor Iriarte