El nombre de la rosa. Autor: Umberto Eco. Adaptación: José Antonio Vitoria y Garbi Losada. Dirección: Garbi Losada. Intérpretes: Karra Elejalde, Juan José Ballesta, Pedro Antonio Penco, David Gutiérrez, Cipri Lodosa, Jorge Mazo, Koldo Losada, José María Asín, Miguel Munárriz, Javier Merino, César Novalgos, Inma Pedrosa. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 18/10/2013. Público: lleno.

Todo por un libro

HACE ya más de treinta años que Umberto Eco publicó El nombre de la rosa. No hace falta recordar la popularidad que cosechó el semiólogo y filósofo turinés con su primera novela. Un éxito que acrecentó notabilísimamente la versión cinematográfica dirigida poco después por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery. A diferencia de lo que ha podido suceder con otros libros publicados por aquellas fechas, la fama de la historia compuesta por Eco se ha mantenido intacta a lo largo de estas tres décadas. Por eso, una adaptación teatral de El nombre de la rosa me parece, más allá de otras consideraciones, un buen punto de partida para atraer al público a las salas y garantizarse (si tal cosa fuera posible) un buen resultado comercial.

Así que todo empezó por un libro. En la historia de Eco, todo se hace también por un libro: un manuscrito misterioso por el que se muere y se mata. En esta versión realizada en coproducción por varias compañías (Ados Teatroa, Al Revés Producciones, Tres Tristes Tigres y La Nave Producciones: una experiencia modélica), también hay un libro que preside el espacio escénico como un signo ominoso. Las páginas de ese libro que conforma la esencia de la escenografía se abren, se pliegan, se segmentan para sugerir los diferentes lugares de esa abadía “cuyo nombre sería más prudente y piadoso omitir”. Es un concepto interesante: los muros del edificio convertidos en papel; un papel que encierra a todos los personajes, como una prisión sin salida posible, sin huida de la cadena de crímenes, pero también como el propio volumen que contiene su historia. Técnicamente, también es una solución visualmente atractiva. No obstante, me pasa algo paradójico: tanto cambio de escenografía, en lugar de añadir dinamismo a la escena, me parece que le resta continuidad a la historia. Entiendo que momentos como las escenas finales en la laberíntica biblioteca piden una escenografía móvil, y casi proteica, si pudiera ser. Pero también me parece que hay otros momentos en los que tanto cambio me resulta superfluo.

Supongo que parte del problema está en mirar más a la versión cinematográfica que al escrito original. No hablo ya de sobreescribir la adaptación sobre el guion de cine, como en un palimpsesto del que este, y no el libro de Eco, fuera el texto primigenio. El problema, creo, está en esa división de la historia en escenas breves y aisladas. Una forma de presentar la trama casi natural en cine, pero que en teatro me plantea más problemas. Entiendo que es difícil hacerlo de otro modo, y no le resto mérito a los intentos de la dirección de Garbi Losada por hilvanar las acciones mediante la música, la luz y el movimiento de los actores, pero aún me parece que la trama no termina de correr como debiera.

Lo que sí merece el mayor de los elogios es la labor interpretativa. No tanto, quizá, la del dúo protagonista. A Juan José Ballesta lo vi cumplidor, pero todavía algo envarado ante su primer desafío teatral. Y en Karra Elejalde percibí un intento de dar a su Guillermo de Baskerville un aire de escéptica astucia, de distancia socarrona a veces, pero que no me termina de funcionar, como si hubiera un desapego de un personaje que termina por parecerme poco matizado. Donde sí disfruté fue en la labor de los secundarios; de todos sin excepción, desde el Jorge de Burgos de Cipri Lodosa, pasando por el Salvatore de Koldo Losada, y llegando al Ubertino da Casale de José María Asín, y perdón por no citar al resto. No me voy a extender sobre cada uno de ellos. Me parece que a todos se les da la personalidad adecuada, con un puntillo de exageración en algún momento, quizá, pero que cuadra muy bien a unos personajes de peculiar naturaleza.

Pedro Zabalza en Diario de Noticias y en el blog Oscuro final