Antígona oriental. Dramaturgia: Marianella Morena. Dirección: Volker Lösch. Coro: Anahit Aharonian, América García, Ana Demarco, Cecilia Gil Blanchen, Carmen Maruri, Carmen Vernier, Gloria Telechea, Irma Leites, Laura García Arroyo, Matilde Coirolo, Micaela Larriera, Mirta Rebagliatte, Nelly Acosta, Nibia López, Susana Castro, Tatiana Taroco, Violeta Mallet. Actores: Sofía Espinosa, José Pedro Irisity, Sergio Mautone, Victoria Pereira, Bruno Pereyra, Fernando Amaral. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 09/03/2013. Público: un tercio de la sala.

Gana (por esta vez) la realidad.

El tiempo pasa para todos y para todo, pero no de la misma manera. A las grandes obras, el tiempo las enriquece. Las dota de matices, de nuevas interpretaciones que no solo no traicionan el sentido que las originó, sino que además les añade otro u otros que las conectan con la realidad de ese otro tiempo posterior. En el convulso tiempo en el que Sófocles escribió Antígona, Atenas acababa de salir de la Primera Guerra del Peloponeso. Es posible también que el contexto de contienda civil que rodea la tragedia de Antígona trajera a los atenienses el eco del enfrentamiento que vivían en su propia ciudad entre partidarios de la oligarquía y de la democracia. En el Uruguay de hoy, alguien se acordó de la tragedia de Sófocles al hilo de la revisión emprendida recientemente de la Ley de Caducidad, que establecía la imposibilidad de perseguir procesalmente a los responsables de la dictadura militar. A su vez, esta revisión de Antígona relacionada con los crímenes impunes de un régimen dictatorial provoca nuevas conexiones en el espectador de estas latitudes.

No obstante, el tiempo ejerce también otra clase de papel sobre los hechos: una labor erosiva que provoca su olvido paulatino. Contra ese efecto, se construye Antígona oriental (oriental es, entre los habitantes del paisito, un gentilicio con más raigambre incluso que el de uruguayo). El programa de mano habla del “derecho a la memoria” y a contar la verdad. La verdad es también un componente sustancial del teatro: la presentación de una mentira, de una invención narrativa, capaz de mostrarnos el auténtico ser de las cosas y provocarnos esa purificación del espíritu llamada catarsis. Es cuando la ficción supera (o al menos iguala) a la realidad. Precisamente, la realidad irrumpe en esta Antígona oriental. Trenzada con la representación más o menos fiel del texto de Sófocles, una veintena de mujeres que sufrieron prisión, tortura o exilio durante el régimen de los milicos adopta el papel reservado al coro. No hablan del futuro trágico que aguarda a los personajes; hablan del terrible pasado que ellas mismas padecieron. Imposible no conmoverse, mejor, imposible no estremecerse ante su verdad. Más todavía cuando la exponen de manera directa, mirando fijamente a los ojos del público, sin gesticulaciones ni alharacas, como una confesión íntima, aunque voluntaria, tan distinta de la que hicieron bajo tormento.

Frente a esta exhibición de autenticidad, palidece la revisión de la fábula de Antígona. Entre otras razones, porque la verdad no necesita ser gritada para resultar convincente. Creo que hay un exceso de decibelios en unas interpretaciones que tratan así de ganar fuerza y consiguen, en cambio, perder verosimilitud. Demasiado movimiento, demasiada agitación, demasiada conmoción en una historia que pide en muchos momentos recogimiento y contención para que se establezca una corriente de empatía. Se intenta transmitir intensidad, pero compararía el resultado al sonido saturado de un altavoz cuando se sube el volumen en exceso. Hay algún momento en el que se vislumbra la grandeza de la tragedia, tal vez en esa escena en la que Ismena quiere unir su destino al de Antígona, pero son débiles fogonazos. Otra consideración estaría en que la propia textura de la verdad es más rugosa, tiene más aristas que esta simplificación que establece una línea tan marcada entre el bien y el mal. Y esto es algo que el propio texto de Sófocles y revisiones posteriores, como la de Anouilh, supieron transmitir. Sus personajes tenían sus razones: acertadas, equivocadas, más próximas al espíritu humano, o a la voluntad de los dioses, pero unas razones que los hacían complejos, contradictorios, humanos. Aquí, no encuentro eso. La realidad le gana esta partida a la ficción.