Elling y Jarne. Autor: Ingvar Ambjornsen. Dirección: Andrés Lima. Intérpretes: Carmelo Gómez, Javier Gutiérrez, Chema Adeva, Rebeca Montero. Lugar y fecha: Teatro Gayarre, 25 y 26/11/11. Público: Lleno (en la función del 25).

Gente normal

A Elling le gusta quedarse en casa, contar historias y escribir poesía. A Jarne… bien, a Jarne le gusta el sexo. Y a quién no. Elling y Jarne son gente normal, que disfrutan con cosas normales. Disfrutan mucho. Elling disfruta tanto en casa que puede estar semanas sin pisar la calle. Disfruta tanto contando historias que, cuando no las tiene, se las inventa. Disfruta tanto con la poesía que pergeña un plan para difundir sus poemas introduciéndolos de manera azarosa en las cajas de puré de patata de los supermercados. Y Jarne… bien, a Jarne le gusta el sexo, ya lo hemos dicho, aunque no haya estado nunca con ninguna mujer. Pero lo imagina y se masturba haciéndolo. Que haya otras personas delante no supone un obstáculo.

Elling y Jarne son gente normal, con gustos normales. Tal vez lleven sus gustos un poquito más allá de unos límites fijados socialmente. Tal vez. Así que la normalidad es un asunto de distancias. Me viene a la cabeza un título fantástico de otra obra de teatro: De cerca, nadie es normal. Lo que pasa es que a Elling y a Jarne se les nota de lejos. ¿Qué hacer con ellos entonces? ¿Hasta dónde llegarán si se les deja a su albedrío? ¿Se quedarán dentro de los límites normales? La trama de la novela de Ingvar Ambjornsen (llevada a la gran pantalla hace unos años y ahora, al teatro) los lleva a un piso pagado por el gobierno, donde debe aprender a vivir como lo que la “gente normal” llama “gente normal”. Tal vez no muy lejos en distancia física desde el centro para enfermos mentales donde llevan años ingresados, pero todo un mundo en distancia emocional.

Las emociones mueven el corazón de este texto: de manera esencial, el sentimiento de amistad entre Elling y Jarne. Pero hay otras emociones que se superponen o que amenazan a la anterior: la amistad entre Elling y el poeta Alfons Jorgensen, o el romance entre Jarne y su vecina Reidun. Hay tanta emoción que lo más sencillo, lo que habría hecho cualquiera, sería llevar la historia por el terreno del sentimentalismo blandengue y bienintencionado. Por fortuna, como factor de corrección tenemos un humor con ciertos trazos grotescos. Lo que conlleva otro peligro: el de inclinarse hasta dejarse deslizar por la bufonada a lo Dos tontos muy tontos y cosas de ese jaez. Esta versión bien dirigida por Andrés Lima mantiene un equilibrio que la aleja tanto de la sensiblería como de la farsa. Elling y Jarne se nos presentan como dos personas normales, como dos locos normales, normales dentro de su locura, con los que podemos empatizar y conmovernos y también reírnos sin encontrar estridencias dentro del tono del relato. No es el único rastro de su maestría teatral: se nota también su mano en ese modo de enlazar las escenas, hilando la historia como un continuum del que nuestra atención queda siempre prendida, atenta a una acción que nunca se interrumpe del todo.

Se me ocurre que Elling y Jarne tienen algún punto en común con los clásicos clowns: Elling asumiría el papel del Pierrot serio y mandón, mientras que Jarne se parecería al impulsivo Augusto. Es una impresión que me dejan los personajes, no quiero decir que las interpretaciones estén en esta clave. En cualquier caso, la labor de los actores es el pilar maestro del montaje. Ambos protagonistas están fantásticos. Tal vez me convenciera más la labor de Javier Gutiérrez (Jarne) que la de Carmelo Gómez (Elling), porque en este hay como una especie de grieta (a veces más perceptible, otras veces, menos) entre los momentos más de locura y otros de una cierta seriedad. Cierto es que el de Gutiérrez es un personaje más de comedia, con menos recovecos. De todos modos, ambos están magníficos, igual que Chema Adeva y Rebeca Montero en sus papeles algo episódicos, pero esenciales.