Bestiario. Compañía: La Llave Maestra. Dirección: Álvaro Morales. Intérpretes: Edurne Rankin, Patxi Larrea, Ion Barbarin, Aintzane Baleztena, Izaskun Mujica. Música: Gorka Pastor. Lugar y fecha: Casa de cultura de Villava. 13/11/11. Público: Dos tercios de entrada.

Biología teatral

RELEO lo que publiqué en octubre de 2010 sobre Bestiario, de la compañía que entonces actuaba bajo el nombre de Trotacómicos y que ahora lo hace bajo el más sugerente de La Llave Maestra: apunto a la excelencia de una materia prima de la que sería interesante hacer una selección y acrisolar las escenas escogidas para conseguir un magnífico espectáculo que ya estaba allí en potencia. Veo ahora Bestiario, un año después de ese borrador ofrecido en el Teatro Gayarre a lo largo de tres sesiones. Lo primero, me alegro por la supervivencia del montaje, aunque sea con períodos de hibernación, ahora que la mala situación general hace que la mayor parte de las obras sean especies amenazadas o en peligro de extinción. Lo que me lleva a pensar que, remedando el darwinismo, la calidad es (y debería ser) un buen factor de adaptación al medio y favorece la selección natural en un hábitat difícil.

Pero, además de alegrarme por la longevidad del montaje, veo con agrado que las virtudes vislumbradas en su primera versión se encuentran ahora todavía con más brillo. Este Bestiario actual se nutre casi exclusivamente de los números realizados para la primera parte de la trilogía del Gayarre que he señalado previamente (con la tercera parte se montó Delirios de papel, otra pieza deliciosa).

Son sketches de duración variable, no demasiado largos, de un estilo que bascula entre lo humorístico y lo poético, y que tienen como leitmotiv el mundo animal. Recordaré que lo de La Llave Maestra es teatro sin palabras, basado en el uso de máscaras, inspiradas en este caso en animales. El mérito (tremendo, desde mi punto de vista) está precisamente en lo que no es la máscara, en autoobligarse a prescindir de las herramientas principales con las que un actor está acostumbrado a trabajar, es decir, la voz y el rostro, y sin ellas ser capaz de contar una historia y de transmitir todo un catálogo de sensaciones. Esto lo consiguen gracias a un dominio absolutamente pasmoso de la técnica corporal, mediante la que reproducen los signos externos de la biomecánica de los animales que imitan; que encarnan, más bien. Leo a Peter Brook hablar sobre las máscaras: “Si uno quiere que un actor sea consciente de su cuerpo, en lugar de explicárselo, […] bastará con que le coloque sobre la cara un pedazo de papel en blanco”. Diríase que, en algunos, las máscaras sacan el animal que llevan dentro.

Bestiario obtiene un resultado muy equilibrado en la mezcla de los dos estilos que inspiran los números. Como ya hemos comentado, hay una línea más humorística, en la que los números se construyen sobre una base narrativa; simple, pero imaginativa, con espacio siempre para la sorpresa, que es lo que mantiene la atención del espectador. Tanto la escena inicial de las ranas como la de la oruga gigante y el domador (el único personaje humano de la función) son pequeñas piezas cómicas de una precisión inatacable. Y hay, por otro lado, una línea más poética; o tal vez poética no sea la palabra más exacta para algunas partes que son más descriptivas, más imitativas y menos narrativas, pero que adquieren cierto tono lírico gracias sobre todo al precioso y variado acompañamiento musical; algo que constituye más que un envoltorio elegante para un buen espectáculo.