Hay muchísimos periodistas que escriben artículos (sin faltas de ortografía, cada vez menos), hay muchos escritores que han publicado libros (podemos encontrarlos eruditos y a la vez amenos, con los que te sientes mejor en el mundo) pero son muy pocas las personas en todo el orbe con capacidad, además, para crear, dirigir y supervisar, partiendo casi de la nada, toda una enciclopedia. Que se dice pronto. Saber qué se debe incluir y qué no, distinguir lo importante de lo accesorio, el grano de la paja, tener el conocimiento suficiente y la autoridad incuestionada para ordenar que si de este fulano se incluyen diez líneas, aquel, por decencia intelectual, merece exactamente dos páginas. Y con criterio para anotarlo en todos los campos y saberes. Sólo he conocido a uno, el que sacó adelante la La Gran Enciclopedia de Navarra.

Ese sabio irrepetible se llama Fernando Pérez Ollo y le apodábamos cariñosamente “Larousse”. Falleció el martes 18 de octubre, y yo he tenido la suerte de tratarlo, de ser su compañero en la redacción de Diario de Navarra, de disfrutar de su magisterio y de poder decir que fui su amigo. Su pérdida, en lo personal y en lo intelectual, es para mí arrasadora.

Hace casi quince años, creamos con él la cena de escalera (juntarnos el uno de enero, el dos de febrero, el tres de marzo… y pasados los Sanfermines bajar peldaño a peldaño, seis de agosto, cinco de septiembre… hasta volver a empezar). No falló nunca y ahí pudimos reír, disfrutar, descubrir, aprender, comentar… Era el mejor momento del mes. Una cita imprescindible, esperada… En la próxima, seguro, el próximo y triste 3 de noviembre, estará presente en espíritu y volverá a reír con nuestros chismorreos, maldades, con esa combinación de puyas, bromas y “finales de acto” con que se apostillaba lo que se había publicado en prensa en el último mes, lo que se cocía en los foros y se decía en la calle. Y de nuevo comentaremos con él lo que se ha dicho y dejado de decir, lo que se ha escrito y publicado sobre él; hablaremos de las lágrimas de cocodrilo pero también las muchas sinceras que se han vertido por su culpa, por haberse marchado tan precipitadamente.

Los obituarios al uso repiten que Fernando Pérez Ollo, periodista y redactor jefe de Diario de Navarra, era editorialista, crítico musical (temido porque era absolutamente insobornable) y crítico literario. Escritor y divulgador de la historia, el arte y los paisajes de Navarra. Miembro de la Junta de la Casa de Misericordia y de su comisión taurina. Fue profesor de Redacción Periodística entre los años 1968 y 1983, en la Universidad de Navarra. Era la persona que más sabía en el mundo de Pablo Sarasate, Julián Gayarre y Pío Baroja. Se encargó de la edición de las Memorias de Pío Baroja para la Editorial Tusquets, así como de la edición del inédito La Guerra Civil en la frontera para la Editorial Caro Raggio.

Entre su extensa obra literaria cabe destacar sus libros sobre Navarra y sobre navarros ilustres, tales como Miguel Astrain. El Vals y el Riau-Riau (1973), Navarra guía ecológica y pasajística (1980), Sarasate (1980), Ermitas de Navarra (1983) y Lugares, ermitas y personajes (2003). Además, fue el coordinador editorial de La Gran Enciclopedía Navarra (1980). Sobresaliente es su libro La plaza de toros de Pamplona (1922-1977): notas para la historia de una feria (1997) considerado el mejor libro sobre la historia de la Plaza de Toros Monumental de Pamplona, y en el que se puede observar cómo han evolucionado los Sanfermines a lo largo del siglo XX.

Fue el periodista que aceptó la dirección en funciones de Diario de Navarra el mismo día en que ETA acribilló a tiros a José Javier Uranga, director del periódico (el 23 de agosto de 1980), a pesar de que eso le ponía en el disparadero de la banda criminal en los años más duros del terrorismo, dando ejemplo de coraje cívico y decencia profesional.

Quizá tuvo la mala suerte de vivir estos tiempos pusilánimes, donde la medianía intelectual es garantía de ascenso profesional y de medro, y mantener el espíritu de lacayo se asume con naturalidad como fórmula de supervivencia acomodada. Para muchos de nosotros fue una suerte no verlo en los puestos de relevancia que le correspondían por su autoridad incontestable, porque lo pudimos disfrutar a nuestro lado. Javier Marrodán ha escrito hoy en El País, con tino, como acostumbra: “Quienes han tenido la suerte de tratar a Fernando Pérez Ollo más de cerca no le recordarán por su erudición o por su memoria oceánica sino por el cariño que dispensó a los más allegados, con independencia de su origen o condición. Podía hablar de tú a tú con un catedrático de latín, con un académico de la Española o con el responsable del Archivo Diocesano, pero también con el mayoral de una ganadería legendaria, con un pastor curtido por todos los vientos de la Bardena o con el último becario llegado a la redacción”.

Hace 13 años, durante unos cursillos para darnos a conocer el nuevo sistema informático que se iba a implantar en el Diario, nos explicaron que el comando para cerrar un párrafo de texto se visibilizaba en pantalla con las claves FPO. Exactamente las siglas con las que firmaba todos sus artículos: F.P.O. Todos coincidimos en que nunca la informática había sido tan precisa. Fernando Pérez Ollo era todo un “punto y aparte”. Nos quedan sus libros. Nos queda su recuerdo. Sus enseñanzas. No concibo un teclado de ordenador que pueda marcar el punto y final que nos dicen que ha llegado.