Ostia,. Compañía: Trafèc Teatre. Dirección y dramaturgia: Lydia Canals. Intérpretes: Pep Mollar, Monste Sanchez, Montse Grifoll, Maria Ballús, Lydia Canals. Lugar y fecha: Casa de cultura de Tafalla. 8/10/11.

Biopoema

LLEGA a su fin la segunda edición del Festival de Teatro del Tercer Sector. Una cita que debería seguir teniendo continuidad en años posteriores, entre otras cosas para enseñarnos a redimensionar el concepto que tenemos por aquí de teatro aficionado y de teatro profesional. También, y sobre todo, para poder disfrutar con propuestas tan sugerentes como la que ha cerrado este año la muestra; una obra de título tan rotundo como un golpe, y tan puro como un sacramento: Ostia, (sic, con la coma al final). Un título que, a fin de cuentas, no es sino el nombre de una ciudad italiana, aunque en nuestros oídos resuene con acentos tan intensos y tan contradictorios. Tanto como el personaje que se oculta, o que se muestra, tras el título: otro italiano, el cineasta y poeta Pier Paolo Pasolini.

Ostia es la ciudad costera a las afueras de Roma donde en 1975 apareció el cuerpo salvajemente golpeado de Pasolini. La compañía Trafèc Teatre rinde un homenaje al personalísimo creador, del mismo modo que en anteriores ocasiones lo hiciera con otros poetas, como Lorca o Salvador Espriu.

En la presentación de la pieza se la define como un “poema visual”, y ciertamente es la descripción que mejor le cuadra. Trafèc Teatre apuesta por un teatro casi por completo gestual, en el que la palabra juega un papel muy secundario, un discreto apoyo a algunas escenas, para situar geográfica o conceptualmente la acción; para indicarnos un poco por dónde nos movemos, vaya. Prescindir de la palabra para mostrar el ser de alguien con una dimensión tan ideologizada como Pasolini parece renunciar de antemano a una herramienta esencial para el intento, por mucho que la poesía pueda traducirse a imágenes o que estas sean el componente principal del cine.

El resultado, si puntuamos Ostia, con baremo de biopic, podría calificarse de incompleto: sobreabundan los pasajes en los que se muestra al Pasolini más entregado a la pulsión del deseo, de lo sensual; por otra parte, vemos poco al Pasolini político. Sin mostrar ambas caras el personaje queda un tanto desdibujado, y el triple final, en el que se muestran las diferentes razones de su asesinato, cojea por alguna de sus patas.

Pero esto, ya digo, si nos ponemos a valorar el rigor biográfico de la obra. No creo que deba ser así, al menos no de manera estricta, sino que deberíamos disfrutar Ostia, como se disfruta de un poema, rebajando un tanto la importancia de los referentes objetivos. En ese caso, apreciaremos la elegancia con la que se han compuesto las escenas, el minucioso trabajo de movimiento de los intérpretes y la calidad de los audiovisuales que las acompañan.

Antes he dicho que renunciar a la palabra podría ser un atrevimiento excesivo. Matizo: para transmitir la parte que la compañía ha querido escoger del alma de Pasolini, no les hace falta. El modo en que se muestra la atracción del artista por los chicos (encarnados por actrices, lo que de algún modo subraya su naturaleza efébica), o la manera en la que se muestra el cambio de edad de estos, con cambios sutiles, me parece un ejemplo magnífico de cómo sugerir visualmente las cosas en teatro. O cómo esos muchachos son seducidos por el consumismo que denuncia Pasolini. Los chicos, por cierto: siempre los mismos o siempre distintos, los que le seducen, los que se ríen de él, los que le matan.

La obra es rica en ese gusto por la sugerencia que comentaba, en hacer mucho con poco, como el tren del inicio o el recurrente recurso de los faros de un coche. Solo un pero le pongo, y con matices: la escena de la película nunca realizada sobre Gilles de Rais, que me resultó algo deslucida, aunque tal vez fuera por un ligero problema técnico reconocido al final de la actuación.