El próximo viernes y sábado ustedes tendrán oportunidad de volver a ver en Pamplona Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, drama romántico por excelencia estrenado en 1844. La Fundación Municipal recupera con buen criterio la tradición de programar esta obra en plena otoñada y lo hace a lo grande, con el montaje de una compañía de prestigio, L’Om Imprebis. Con los mismos mimbres que hicieron disfrutar al público local con sus improvisaciones el pasado mes de mayo durante la gala del 75 aniversario del Gayarre: el actor Carles Montoliú y el músico Yayo Cáceres están en el reparto, que ha dirigido Santiago Sánchez. Mientras tanto, como aperitivo, el Gayarre ha organizado un ciclo de proyecciones cinematográficas y ha encajado en este ciclo, a modo de aperitivo, una de las muchas obras deudoras del drama de Zorrilla: El amor del gato y del perro, de Jardiel Poncela. Me extiendo sobre ella a vuelta de página. Antes vamos a añadir algo sobre el repertorio “donjuanesco”, que es lo que toca hoy.

Leopoldo Alas “Clarín”escribió en una ocasión que nadie en España había visto el Tenorio “por primera vez”. Con razón. Es el drama más representado de la historia del teatro español y un caso único, porque no se ha repetido en ninguna dramaturgia del mundo un fenómeno semejante: ser obra programada siempre a fecha fija, en torno al Día de Difuntos, el 2 de noviembre. Lo exponía un personaje de Javier de Burgos:
-Y con el tiempo, ya verás tú como lo anuncia el calendario: la conmemoración de los difuntos y San Juan Tenorio.

Es la pieza del repertorio hispano que más nos “suena” a todos (¿no es verdad, ángeles de amores que ocupáis hoy esta apartada orilla del patio de butacas, que podríais recitar algunas tiradas de sus mejores versos?) y la única que se acude a ver sabiendo lo que te van a “echar”, como a la misa de víspera. Y, por supuesto, es la que más parodias ha conocido. Este juego de corta y pega ha sido tan promiscuo y fecundo que, a su lado, los conejos pasan por seres pacatos. Pero conviene señalar que también Zorrilla entró a saco en material ajeno: manejó El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, y No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla o El convidado de piedra, de Antonio de Zamora, que aunque menos popular hoy, contribuyó también enormemente a crear el tipo universal del conquistador que ha sido uno de los mitos literarios que ha regalado este país a la literatura, junto con el quijotismo. Y hay más: Zorrilla sisa el tema del “catálogo” de las conquistas femeninas a Dumas. Pero insisto en el extraordinario mérito de Zorrilla al intentar, y conseguir, mejorar lo presente. Para atreverse había que tenerlos bien puestos. Versificación y estructura, ya me entienden.

Lo consiguió creando un personaje teatral perfecto, pura acción, totalmente arrebatador por su condición de rebelde sin freno: a Don Juan se la suda su padre, sus amigos, la moral y la religión. En la segunda parte desafía a los muertos, a su conciencia y a Dios. Encima, el tío nos cae simpático. Y Zorrilla, en su obsesión por el plazo y el tiempo, que tanto dinamismo aporta a la obra, convierte al galán en un Supermán ibérico: a ver si no quién es el guapo capaz de quedar en el bar para comenzar la juerga de carnaval con los amigotes, retar a Don Luis, ser detenido, escribir una carta arrebatadora a doña Inés, negociar la mensajería con la celestina, salir de la cárcel, retener a Don Luis y levantarle la novia, entrar al convento, seducir a Inés, raptarla, llevarla al picadero del extrarradio paseo en barca incluido, enamorarse como un colegial, matar al padre de ella y apiolar luego al rival. ¡En una jornada! Toma superpoderes.

Zorrilla, frente a los modelos anteriores, donde el pecador acababa churruscado en el infierno, opta por una historia de redención, nada ordodoxa (si es cierto que el calavera está muerto cuando ve pasar su propio cadáver es inútil el arrepentimiento y no hay absolución, y con la Iglesia hemos topado, amigo Ciutti). Pero al público le da lo mismo, pues adora al personaje, al que además salvan por amor, que ya quisiéramos algunos. A los cuatro años de su estreno, en 1848, surge la primera parodia, Juan, el perdío. Hay datadas al menos 200 más: sainetes, zarzuelas… también en catalán y valenciano. Ahí va un listado: Tenorio modernista, Tenorio feminista, Doña Juana Tenorio, El Tenorio sarasa, con protagonista gay; Tenorio taurino (Belmonte o Joselito, que no falte); otro porno: Don Juan Notorio, y hasta un Tenorio deportista, con Zamora y Samitier, porteros del Español y el Barça. No la he leído, pero supongo que acaba en goleada. Cuando hablamos del Tenorio, todo resulta excesivo.

Desactivando a Don Juan: El amor del gato y del perro

Todos los escritores que en España han sido buscaron “su” Tenorio. Los de las piezas citadas a vuelta de hoja eran de medio pelo. Pero los hubo de éxito y prestigio que lo intentaron en la misma época en que comenzaba su carrera literaria Enrique Jardiel Poncela (1901-1952). En novela, Azorín con Don Juan (1922); Ramón Pérez de Ayala ese mismo año en Tigre Juan y El curandero de su honra; Unamuno publica El hermano Juan en 1929. Por supuesto en teatro: Benavente traduce el de Molière en 1911; los Álvarez Quintero, que eran unos benditos, estrenan en 1918 Don Juan, buena persona; en 1925, Juan Ignacio Luca de Tena lleva a las tablas Las canas de Don Juan y los Machado Juan de Mañara; dos años después, también peina y carda al personaje Francisco Villaespesa en El burlador de Sevilla; y parodia total de Zorrilla es Don Juan José Tenorio, de Enrique Paso y Silva Aramburu, de 1931.

Cuatro obras bordan el donjuanismo con brillantez. Es excelente la zarzuela El trust de los Tenorios, de 1910, música de José Serrano sobre libreto de Carlos Arniches y Enrique García Álvarez. En clave grotesca llega a la genialidad Valle-Inclán con El terno del difunto (1926, publicada en 1930 como Esperpento de las galas del difunto) con un personaje brutal, Juanito Ventolera, asaltatumbas que desdencadena una situación delirante y trágica. Las otras dos piezas, en clave cómica, llevan la firma de Jardiel. La primera es Usted tiene ojos de mujer fatal, texto que estrenó en 1932 con gran éxito un actor y empresario pamplonés, Benito Cibrián. La segunda es Angelina o El honor de un brigadier, de 1934. Con ambas obras, el escritor pretendía combatir y liquidar el tema de Don Juan definitivamente. Esta labor de zapa, acoso y derribo al mito la había comenzado antes en sus novelas sobre donjuanismo: Amor se escribe sin hache y ¡Espérame en Siberia, vida mía! (1929) y Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, de 1931. Usted tiene ojos de mujer fatal es la adaptación teatral de esta última. Tiene esa novela un hilarante prólogo donde Jardiel analiza al personaje: “Don Juan Tenorio no era, a mi juicio, ni un caso clínico ni un héroe; era sencillamente un cretino sin ocupaciones importantes”. En su opinión, las razones de su éxito son la testarudez y la fama que le precede, que le hace interesante ante las mujeres. Jardiel distingue al seductor del hombre enamorado: el primero utiliza mañas que el segundo no puede manejar. Sobre esa teoría soporta la intriga de las novelas y de Usted… pero, por si no quedara clara la cosa, la deja definitivamente explicada en El amor del gato y del perro.

No sabemos cuándo fue escrito este diálogo, intuyo que por la misma época, pero sí cuando se estrenó. Fue el 5 de diciembre de 1945, con motivo de haber superado las 100 representaciones El pañuelo de la dama errante. El sistema teatral español de entonces estaba basado en compañías privadas de repertorio y era una auténtica centrifugadora. Se ensayaba a diario obra nueva mientras se representaba la anterior: si era manteada por la crítica y el público estrenista, no duraba tres días en cartel. Conseguir alcanzar la semana se tenía por un éxito. Llegar al centenar de funciones era un bombazo y se festejaba. Así se hizo. La compañía celebró de madrugada una cena medieval en el vestíbulo del teatro. Jardiel recibió en leotardos y Amparito Rivelles (Doña Amparo cuando hace dos años pisó en el Gayarre) cruzó a pie el triste Madrid de posguerra disfrazada de gran dama ante el asombro de los viandantes. Al día siguiente, interpretó junto a Pedro Porcel El amor del gato y del perro.

Estos días, en mi blog sobre teatro navarro (aquí muere hasta el apuntador, tecleen en Google) he publicitado esta representación en tono algo impostado prometiendo que marcará un antes y un después en la vida de todos ustedes. Porque el diálogo ofrece, trasteando en el Tenorio, la pista para alcanzar la felicidad en el amor: esto es, cómo conseguir saber si somos compatibles con la persona que amamos o si la convivencia acabará como el rosario de la aurora, que es lo que más se lleva últimamente. Casi na. Quizá he exagerado al publicitarla, pero comprobarán que al texto no le cabe otro adjetivo que el de delicioso. Si además le dan vida dos excelentes actores de generaciones diferentes, Nerea Bonito y Javier Baigorri, que estrenaron hace un año aquí Beckett:Comienzo de partida, y se encarga la iluminación y el vestuario a otro gran profesional, Javier Sáez Istilart, el trabajo del director se vuelve envidiable: tan simple como marcar: “¡Desde el principio!”, sonreír y disfrutar del ensayo. Ya verán qué pronto me entienden.

Víctor Iriarte
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