En 1991, la Feria del Libro de Franckfurt, el mercado más importante de compraventa de derechos de autor del mundo mundial, tuvo como país invitado (y promocionado) a España. El diario El País publicó en vísperas de aquel acontecimiento un sondeo realizado a críticos y escritores para conocer la opinión del sector sobre quién era el autor más importante y cuáles eran los mejores títulos publicados en España desde la muerte de Franco. Los encuestados respondieron a las preguntas con papel y boli y no a navajazos, como suele ser habitual en nuestro desasosegante ecosistema de letraheridos. Pues bien, ganó de calle Eduardo Mendoza, por delante de Juan Benet, Juan Marsé, Javier Marías y Manuel Vázquez Montalbán, que dan en conjunto un podio mejor que lustroso. Y colocaron dos de sus novelas entre las cinco mejores: La verdad sobre el caso Savolta (1ª) y La ciudad de los prodigios (3ª).

Estamos pues ante un autor incontestable, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), que se ha ganado el respeto de la profesión quizá porque incomprensiblemente no ha ganado ningún gran premio literario (“pasa” del Planeta, no tiene el Nacional de Narrativa ni el de las Letras Españolas ni el Príncipe de Asturias ni el Cervantes; sólo ganó el de la Crítica con su primera novela y alguno concedido en el extranjero). Pero cuenta con lo verdaderamente importante, el favor incondicional del público: su nombre en la cubierta de un libro asegura a su editor de cabecera (Seix Barral) varios centenares de miles de ejemplares vendidos. Algunos lanzamientos han llegado a provocar colas en las librerías al estilo Harry Potter, por ejemplo el de La aventura del tocador de señoras, en febrero de 2001, debido a la ansiedad mal disimulada de los lectores de El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de la aceitunas, que llevábamos 19 años esperando las penúltimas peripecias del personaje literario más refrescante y divertido escrito en España desde el Lazarillo. Ya saben, el locabili que es sacado del manicomio por un comisario de policía de tecnologías franquistas para que haga indagaciones detectivescas por las calles de Barcelona y del que, caso insólito en la historia de la literatura, seguimos sin conocer su nombre verdadero (a pesar de a manía de algunos con llamarlo “Ceferino”). Saben bien de lo que hablo y lo sabrán mejor al concluir la sesión de hoy: se trata de un personaje tan fuera de órbita (y nunca mejor dicho) como el extraterrestre también anónimo que busca a Gurb por el mismo mapa urbano.

Estoy seguro de que todo lector de estas líneas (personas inteligentes y me atrevería a calificarlas incluso de cultas, como lo demuestra el hecho de acudir fervorosamente un lunes de la Pamplona otoñal al teatro, me da igual que sea gratis) ha leído algo, seguramente mucho, de Mendoza. Mal hecho. Hay que leérselo todo. Pero por si se nos ha colado en la sesión de hoy algún iletrado en mendocianismo, les anotaré una hoja de ruta, porque es cierto que sus obras despistan. Su producción literaria se suele clasificar en dos categorías: grande y pequeña, en función del número de páginas de sus relatos, lo cual siempre me ha parecido enternecedor; y también en seria y humorística. Pero a mí no me cuadran ninguna de ellas, porque algunas de sus novelas cortas son literatura grande y también hay mucho humor que explota entre párrafos mientras habla de cosas muy serias, como en el Savolta o los Prodigios.

Yo entiendo que Mendoza, que es un caballero muy correcto y educado, muy de seny, un poco echao p’atrás y muy de guardar la compostura, de ver los toros desde la barrera, vamos, nos ha malacostumbrado en algunas novelas a esos arrebatos de gamberrismo literario, de desmelene de una noche, de “despedida de soltero” narrativa, que nos hacen partirnos el bazo de la risa. Ya saben, las cosas de Onofre Bouvila, “Ceferino” y el doctor Sugrañes, Gurb y Horacio Dos. Y cuando esperamos ese mismo cachondeo cervantino y atacamos con ansiedad determinadas novelas suyas, nos desconcierta ese punto melancólico de su carácter que a veces se le impone escribiendo y entonces defrauda que no nos haga reír a carcajadas. Son obras a las que cuesta cogerles el punto tranquilo que hace de hilo conductor al relato, como ocurre en La isla inaudita, que yo siempre recomiendo vivamente, Una comedia ligera o la última de ellas, Mauricio o las elecciones primarias, textos a todas luces brillantes. En esos casos, la decepción momentánea se resuelve con una segunda lectura algo más reposada. Lógicamente, cuando alguien escribe desde esa esquizofrenia literaria, parece condenado a cultivar el teatro, pues ahí el autor está obligado a desdoblarse. Y a eso vamos, porque a eso es a lo que hemos venido.

El misterio de la escena embrujada

Entre las tareas que dejo aparcadas para mi jubilación, que espero próxima, está la escritura de algo así como una Enciclopedia de las obras de teatro que nunca se escribieron. Incluiré todas las inexistentes que aparecen citadas en otras obras literarias. Para ello cuento en Eduardo Mendoza con un filón. En la letra A estaría en un puesto de honor ¡Arrivederci, pollo!, que es la obra que tiene en cartel, en la Barcelona triste de la postguerra, el protagonista de Una comedia ligera. Aunque la novela aborde tangencialmente el mundo del teatro, insinúa una de las grandes vocaciones, bien que frustrada, que ha tenido el escritor a lo largo de su vida.

Mendoza ha sido espectador de teatro desde niño y ha reforzado esa pasión de adulto en España y Nueva York, donde trabajó como intérprete en la ONU. Y actuó en grupos universitarios mientras cursaba la carrera de Derecho. “Era tan malo que, a lo sumo, me dejaban llevar la lanza, e incluso eso lo hacía mal, a destiempo. Pero el teatro, aun así, me divertía”, ha confesado. Su primera pasión fue Samuel Beckett.
Tras su larga dedicación a la novela, empezó a escribir teatro en 1986. Éste es su bagaje: dos traducciones de El sueño de una noche de verano para montajes de Miguel Narros, que se pudieron ver en el Teatro Gayarre de Pamplona en 1987 y en 2004 (la primera con José Pedro Carrión como Puck; la segunda, la de los duendes del bosque en “patines”, que también se vio en el Festival de Olite). En ambos casos, el director “tocó” su versión y el resultado fue un poco pastiche, confiesa Mendoza, lo que le dejó bastante insatisfecho. Hizo en catalán una adaptación de Antoni i Cleopatra para el Lliure en 1995, que dirigió Xabier Albertí. Y Panorama desde el puente, de Arthur Miller, encargo de Miguel Narros en 2000, en un reparto encabezado por Helio Pedregal que fue muy aplaudido en el Gayarre.

Cuatro novelas suyas han acabado en el celuloide: La verdad sobre el caso Savolta, de Antonio Drove (1979), El misterio de la cripta, de Cayetano del Real (1981), La ciudad de los prodigios, de Mario Camus (1999) y El año del diluvio, de Jaime Chavarri (2004). Mendoza es autor del guión de Soldados de plomo (1983), filme dirigido por José Sacristán.

Eduardo Mendoza ha escrito, que sepamos, tres obras de teatro: Restauració, estrenada en 1990, que ha conocido traducción al castellano en Restauración (1991) y la pueden encontrar en Seix Barral; Greus qüestions, puesta en escena en el circuito alternativo en 2004; y Glòria, que iba a dirigir Tamzin Townsend y que no llegó a ponerse en escena. En los tres casos, estaba detrás empujando la actriz Rosa Novell, compañera sentimental del escritor, que es quien pisa hoy el escenario del Gayarre. De la misma forma que el irlandés Samuel Beckett escribió su obra teatral en un idioma ajeno, el francés, en su búsqueda de la esencialidad, el castellanohablante y castellanoescribiente Mendoza ha escrito sus tres obras teatrales en catalán. Un catalán más académico que coloquial, registro en el que dice encontrarse cómodo.

Restauració fue una obra de encargo de la Novell. La obra tiene un aire decimonónico tanto por estar escrita en verso como por su estructura: ambiente rural, apariciones sorpresivas al final de cada acto y presencia del rey en plan “deus ex machina”. Ambientada durante la tercera guerra carlista, es muy “Mendoza”, con su carga de ironía, bondad y desapego. Eso mismo se percibe en Glorià, alta comedia con tintes policíacos también escrita en verso. Poco sé de Greus qüestions y de otras obras que el escritor dice tener en el cajón. “Me atrae el teatro porque puede hacerse igual de mal que la novela, pero al menos es más corto”, dice.

Por estas cosas tan habituales del teatro español, el primer contacto de los espectadores pamploneses con el teatro de Mendoza llega desde un ovni, al adaptar Rosa Novell Sin noticias de Gurb, relato nacido como folletón periodístico para El País el verano de 1990. Describe la peripecia de un marciano que busca a su compañero, Gurb, mutado en el cuerpo de la terrícola Marta Sánchez para lograr pasar desapercibido, lo que da una idea aproximada de las superioridad tecnológica e intelectual de la marcianada. La mirada entre perpleja y distanciada de los hábitos humanos en la Barcelona preolímpica produce momentos hilarantes. Editado en formato de libro, fue un sorprendente éxito de ventas: lleva vendidos más de un millón de ejemplares. Y es una fábrica continua de carcajadas.

Víctor Iriarte
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